viernes, 6 de marzo de 2026

 

CALLE ALMENDRAL (II)

            Con el fin de que no se enojen los profesionales que llegaron en la década de los ochenta y noventa del siglo XX, vamos a dar otra vuelta a la Almendral y dar cuenta de algunos de ellos.
                Comenzaremos este nuevo trayecto con una instantánea de 1985. Observamos una parte de la Perrunilla, un motorista cruzando y un Cuatro Latas aparcado. Al otro lado, una casa con doblado, muy conocida por ser la morada de Pedro La Orden, toda su vida de dependiente en Casa Catena. Al mismo tiempo, se otea una placa señalando la parada de taxis que estuvo ubicada en ese lugar.
            Posteriormente, el edificio cambió totalmente y en la actualidad —año 2026—, hay un espacio para la gente menuda llamado Capricho, además de dos viviendas. Justo al lado, La Quesería, regentada por Alba y su padre, Juan Gabriel más conocido como Juancho, una verdadera enciclopedia parlante.

        Volveremos a pisar la calle adoquinada en plena efemérides; en septiembre se cumplen sesenta años desde su colocación, bordillo a bordillo, cuando Santa Marta era una gran potencia en canteras de granito.
       En la siguiente foto vemos un grupo de picapedreros santamartenses. Entre ellos, abajo a la izquierda, el padre del que suscribe, mientras que arriba, a la derecha, el gran Ritoré encaramado en la piedra.

    
Picapedreros en Santa Marta

Volviendo a los estertores del pasado siglo. El SPRINT vino a ocupar el lugar donde había estado Catena. Las luces tenues, la música atronadora y el ambiente juvenil conquistó a paisanos y forasteros, muchos de los cuales quedaron atrapados para siempre en Santa Marta.


Del mismo modo, PISTACHO revolucionó la manera de engatusar a la grey infantil, arrastrando al olvido a siñó Rafaelito, Pérez, el Rey de los Tangos y demás compañeros que habían surtido de golosinas a los niños santamarteños.


                

Ramón Caldillo abrió una moderna carnicería que atendía su hija Mari Carmen. Daba gusto ir, sobre todo en verano. Quizás fuera de las primeras tiendas en Santa Marta en disponer de aire acondicionado.


                

José Rodriguez y Miguel Pintor unieron sus apellidos para formar ROPIN. En ella vendían sus propias creaciones de carpintería, muebles de todo tipo y artículos de regalo.




Dicen que el valor más seguro es el oro. Pues para eso estaba, y está, Luis M. Portillo, vendiendo joyas, relojes, bisutería, copas parecidas a la orejona, medallas deportivas…

Del mismo modo, la Caja Rural tuvo su oficina en esta calle, concretamente en el local propiedad de la familia Guerra. Recordamos como directores a Blas, Juan Miguel Domínguez…


No vamos a exagerar diciendo que la calle Almendral se asemejara entonces al Ponte Vecchio de Florencia en cuanto a joyerías, no obstante, Pepe, un orfebre cordobés, cogió el relevo de Ramón Cintas a su jubilación. Detrás del mostrador, nuestra recordada María Catena aconsejaba a las señoras qué alhaja lucirían con más garbo el día de la patrona.






Un poco más arriba, Miguel Gurrumino y Brígida vendían telas, anunciando rebajas con mucho arte. Este matrimonio calé ofrecía descuentos todo el año a señoras y señoritas deseosas de lucir prendas elaboradas por ellas mismas.

Entonces se hablaba de duros, reales y, por supuesto, de pesetas. A principios del siglo XX, aunque la moneda oficial española era la peseta, en el habla coloquial, el real continuaba muy presente, del mismo modo que el duro, usado la mayoría de las veces cuando se trataba de cantidades más importantes. Como ejemplo, a finales de la centuria pasada un televisor en color de 22 pulgadas costaba más de veinte mil duros.

Actualmente, un porcentaje muy elevado de jóvenes no saben qué valor tenían estas monedas, por tanto, procedemos a ilustrarles sin que tengan que coger el nuevo apéndice que portamos indefectiblemente. Un duro equivalía a cinco pesetas, mientras que con cuatro reales ya tenías una peseta. En 2002 le dijimos adiós a las rubias o las pelas, como eran conocidas coloquialmente, dándole la bienvenida al euro, aunque el cambio nos salió por un ojo de la cara: para conseguir 1 euro había que soltar más de 166 pesetillas.

            Anteriormente, vimos que Aboma anunciaba que hacía mutis. Alejandro y Esperanza vieron como su tienda de ropa quedaba reducida a cenizas el día de Nochebuena de 1981, salvándose del incendio un crucifijo y una estampa de la Virgen de Gracia.


Andando el tiempo, Alejandro Díaz Moreno cambió los tejidos de su padre por las cámaras fotográficas, la pasión de su madre, continuando la saga en la actualidad su hija.

En 1987, Alejandro y Fernanda, su esposa, tuvieron unos momentos gloriosos gracias al concurso que marcó una época: Un, dos, tres. Todos los lunes, se congregaban frente al televisor millones de españoles deseosos de ver quien se llevaba los mejores premios, esquivando a la calabaza Ruperta. La ilusión de los concursantes era conseguir un apartamento en Torrevieja o un coche. Fernanda y Alejandro estuvieron varias semanas en el programa. De allí se trajeron un SEAT Málaga, además de dejar una palabra que se usa mucho en el argot santamartense: VIOLÍN, referido a un mosquito con música. Lamentablemente, el diccionario no piensa así.



En la década de los noventa, Mariano Guerra abrió el camino a las antenas parabólicas y a la televisión por satélite con ELECTROSAN.


Por esa misma época los grandes supermercados se dejaban notar en nuestra villa, siendo el SPAR de la calle Almendral uno de los primeros. Saturio Macías y Mari Carmen cambiaron su humilde tienda de la carretera de La Morera, tras un breve paso por la calle La Parra, por un autoservicio totalmente equipado hasta con pescadería.


Si alguien pensaba que la saga Catena se había desvanecido con el cierre de la escuela de comerciantes se equivocaba. Fátima regresó a Santa Marta con ganas de asesorar en temas laborales, además de ofrecer todo tipo de seguros.


Los bancos cambian de nombre o desaparecen abducidos por instituciones financieras cada vez más grandes. Eso le sucedió a nuestro siguiente protagonista, aunque fuera de manera provisional, el Central Hispano. El polifacético y recordado amigo Juan José Troyano y su esposa Julia trabajaron en esa oficina.


El siglo XX iba dando sus últimas boqueadas. La simpática Mercería Montse fue de las últimas en llegar, empero, de las primeras en hacer su publicidad con la denominación original de la calle, enterrando para siempre el nombre nefando que lució durante demasiados años.

 

Ahora sí que nos aproximamos al final. El recorrido ha sido largo, aunque espero que no aburrido. Este es nuestro pequeño homenaje a unos hombres y mujeres que laboraron duramente por engrandecer nuestra poblacion.

Del mismo modo, queda para la historia la labor de los que, a lo largo de los años, han confeccionado los libros de la feria, testigos indelebles del paso del tiempo —Ignacio Fernández Cabañas, José Antonio Martínez Portillo, Flora María Picón Durán…—.  Sin escudriñar esas revistas no hubiera sido posible pergeñar esta amalgama de la calle Almendral, nuestra Menacho, Preciados o, incluso, Oxford Street londinense.

Manuel Pintor Utrero

jueves, 10 de abril de 2025

Calle Almendral en 1972. Fuente: Diario Hoy


 CALLE ALMENDRAL

Esta vía tuvo durante el siglo XX distintas denominaciones, en consonancia con las turbulencias de la centuria. Posiblemente, deba su apelativo por la dirección en que está situada, siguiendo una línea imaginaria hasta enlazar con el Camino Viejo de Almendral.

Desde Concepción, pasando por Ricardo Burguete y su archienemigo Queipo de Llano.

Por fin, en la década de los noventa, el Consistorio, presidido por Francisco Marroquín Pintor, quitó de un plumazo la placa del militar sublevado, cambiándola por su nombre original: ALMENDRAL.

LA CALLE MENACHO DE SANTA MARTA

Aunque no tanto como su vecina, la calle Badajoz, la de Almendral siempre ha sido una arteria en la que ha florecido el comercio local. Ya se dejaba notar hace un siglo:

Miguel Murga Romero, «novedades en tejidos y calzados».



Su yerno, Gabriel Catena Calderón, con error tipográfico incluido, «ferretería, muebles y materiales de construcción».



José Gallego Redondo, «calzados curtidos».



Farmacia «La Milagrosa» de Francisco Santos Sánchez.



Droguería de Agustín Corzo Alvarado.


Una vez que hemos observado algunos de los negocios de hace un siglo, volamos en un plisplás hacia los recuerdos infantiles. Ellos nos llevan, pisando los adoquines sufragados por los vecinos, a verla en pleno apogeo mercantil.

En la foto de portada la vemos, huérfana de vehículos, en 1972, hace más de cincuenta años, parece que fue ayer, invitándonos a visitar sus establecimientos, hoy día casi todos desaparecidos. La recorreremos zigzagueando, de un lado al otro, dando a conocer a las nuevas generaciones su febril actividad, que abarcaba diversos sectores, desde comestibles hasta tiendas de ropa, pasando por sastrerías, zapaterías, joyerías, tiendas de electrodomésticos, una droguería, otra librería, la churrería, una tahona, además de poder asegurar la Mobylette…

Comenzaremos por la esquina con la calle Badajoz. Allí se yergue, inamovible con el paso de los años y con futuro asegurado, Calzados Juan Miguel, la zapatería por excelencia de Santa Marta. Abrieron su primera tienda en la calle Ramón y Cajal teniendo presencia, además, en el vecino pueblo de Villalba. Desde mediados de los años cuarenta, ininterrumpidamente, ofrecen sus servicios en la calle Almendral, sin olvidar su presencia en los mercadillos de toda la región.

                       

Al otro lado de la calle, Madysan (acrónimo de Manuel Díaz Sánchez), —la moderna tienda de ropa regentada por Julián Cansado y Mari Pepa—. 


Aunque ha sido imposible encontrar publicidad, no podemos olvidar la pequeña Churrería de Emilia y Josefa. En el interior sólo podían entrar dos o tres personas, por lo que largas colas se formaban, sobre todo los domingos esperando los jeringos engarzados dentro de un junco. Dicen que el secreto de sus buñuelos no se lo desvelaron a nadie.

Siñó Francisco Balsera, bastante mayor, continuaba echando medias suelas y usando el cerote, siendo de los pocos zapateros que iban quedando en Santa Marta.

En el piso de arriba, Antonia Balsera, hija de Francisco, administraba a una gran pléyade de jovencitas, deseosas de aprender los secretos de la máquina de coser Sigma. Las chicas bordaban su ajuar, aunque no desdeñaban en absoluto la oportunidad de contar, o que les contaran, los acontecimientos más relevantes sucedidos en la localidad.

Justo por debajo, se encontraba la sastrería de Aboma (Alejandro, Bonifacio y Manolo), unos hermanos que habían llegado desde Torrejoncillo. Allí, Alejandro te trajeaba a medida. 


 


Su esposa, Esperanza, ejercía de retratista oficial de la localidad. Quedan para el recuerdo las fotos de adolescentes que ascendían ilusionados las escaleras del estudio. Un día cualquiera, aquella jovencita, hoy abuela, al abrir la caja de galletas y observar las amarillentas instantáneas, su imaginación, por un momento, vuela a aquellos tiempos jóvenes y atrevidos.

Al otro lado de la calle, la tienda de comestibles de Antonia Carmona y Paulino, ella de Campanario, él de Santa Marta, un matrimonio que celebró su boda allá por 1954. Ellos habían cogido el testigo de Juan Carmona Calderón y su esposa, Ruperta Mateos Municio, él soguero y espartero, mientras que ella proporcionaba a los santamartenses los avíos para la muchas matanzas que entonces se realizaban. El más pequeño de los hermanos, Ruperto comenzó allí su periplo como agente comercial e industrial.



    

Siguiendo la misma acera, nos encontramos con la casa de Manuel Cintas, que igual te hacía un seguro que te vendía una bicicleta BH, cada kilómetro un parche, siendo difícil olvidar los Abonos Cava, sobre todo por los enormes calendarios que regalaba todos los años.


 

En la misma vivienda, Diego Benítez abrió la Droguería El Pintor, toda una revolución en Santa Marta. Vendía pinturas, perfumes, artículos de limpieza e, incluso, alquilaba brochas para pintar.


La Tahona de Gilito, donde las amas de casa llevaban para hornear las perrunillas, los polvorones, las magdalenas…, además de asar los pimientos, tostar las avellanas y las pipas de girasol.

            Saturnino Pérez —Satur llegó a esta villa desde Mallorca, destinado como cartero, y se quedó. Aparte de repartir la correspondencia ofrecía sus servicios como agente de seguros de decesos. Atocha era su compañía.


Pero claro, una calle sin bar es muy aburrida. Con el fin de solucionarlo, en el verano de 1972 abrió sus puertas la Cafetería Milán, un local vanguardista en el que Valentín, Francisco y Antonio Suárez hicieron sus primeros pinitos, y los últimos, en la hostelería. El dueño era Antonio Suárez, el adusto conserje del Círculo de Cascorro. Su hijo Paco, gran aficionado a la música, tocaba la guitarra, intentando sacar los acordes de una melodía poco conocida entonces. Se trataba de Entre dos aguas, de Paco de Lucía.

Poco después, cambió de dueño. Manolo García y su esposa, América Rodríguez, emigrantes en Alemania, compraron el local. Ellos, junto con sus cuñados, Manolo Gastón y Peña Rodríguez, le dieron otro aire, convirtiéndose la Cafetería en lugar de encuentro de los jóvenes que salían fuera de la población en busca del amor que no encontraban aquí, sin olvidar el pollo frito, su plato estrella.


Enfrente, el comercio de Antonio Martínez y Aurelia Portillo olía a chacina. El cuarto kilo de pringue colorá adherida al papel de estraza —eso de la cachuela es muy moderno para nosotros—, estaba tan deliciosa que estabas deseando llegar a casa, cortar la telera, poner las tostadas a la lumbre y untarlas de rico caldillo.


En esta foto vemos a Aurelia, su hija Chipi, Antonio Portillo y nuestro siguiente protagonista, Ramón Cintas, en buena camaradería.

Y a continuación, vamos a Casa Cintas, la empresa de Ramón Cintas González, todo un referente en la comarca. Por un lado, joyería y relojería; al otro lado de la vía, todo tipo de electrodomésticos, televisores… vamos, un Media Markt sin tener que salir de Santa Marta.


El vecino de Cintas, José López Contreras, tenía un comercio de tejidos y pañería, aunque si alguien pasaba apuros monetarios, no dudaba en socorrerlo, aplicándole, eso sí, el interés correspondiente.


Las dos farmacias locales estaban en Almendral Street. Ya han pasado muchos años desde que dejó de dispensar pastillas de OKAL, sin embargo, la fachada más artística de Santa Marta nos sigue recordando que allí tenía su oficina la botica de Obdulia Ruiz.


 

Un poco más abajo, en la acera de los impares, Manuel Santos Neila, un hombre muy querido en la villa, ofrecía sus fórmulas magistrales a los santamartenses. Ambas despachaban las recetas del Seguro Obligatorio de Enfermedad. No confundir con la actual Seguridad Social.

 


La librería Conquistadores, tutelada por una mujer muy culta, Castora Marín. Los tiempos estaban cambiando. En unos años, las revistas gazmoñas como AMA o HOLA, dieron paso a Cambio 16 o la más polémica, Interviú, que causó una revolución con sus desnudos de famosas en portada. Todas se podían adquirir en el establecimiento de Castora. Del mismo modo, no podemos olvidar los fascículos semanales coleccionables, convertidos a la postre en enciclopedias, como, por ejemplo, La Segunda Guerra Mundial y La Guerra Civil Española de Hugh Thomas.


         Ya nos vamos acercando al final de la vía, aunque aún nos queda el comercio de Valentín Catena, muy conocido, no sólo a nivel local sino en La Morera, La Parra, Nogales, Salvaleón, Salvatierra, Entrín Bajo y Alto, La Corte…, Catena aunaba El Corte Inglés, Leroy Merlin y Carrefour en su tienda. Allí acudían, diariamente, vecinos y forasteros a comprar, desde un setín hasta un dormitorio completo, pasando por moda, perfumería, tejidos, telas…, y la pasión del que suscribe, los rotuladores Carioca.


Valentín no escatimaba en gastos. Todos los años, en el especial que el diario Hoy dedicaba a Santa Marta con motivo de la feria, su publicidad aparecía insertada en portada.



Arriba, de izquierda a derecha: Pedro La Orden, Agustín Baños, Carmelo Leal, Jerónimo Caballero, Joaquín Leal, Juan López, Julián Muñoz, Paco Pérez Triguero, Manolo Franganillo y Joaquín Utrero. Sentados: Juan Moreno, Gabriel, Catena Calderón, Valentín Catena Murga y Víctor Moreno Catena.


Asimismo, hay que poner en valor la gran cantidad de dependientes que su padre, Gabriel, formó. En la imagen podemos apreciar a estos jóvenes vendedores rodeando a la familia Catena. Más tarde, esta gran plantilla voló con el fin de abrir sus propios negocios. El más pequeño, Víctor Moreno, todo un doctor honoris causa por la Universidad de Sevilla. Hasta el final se quedaron Asunción Balsera y el cajero, Jerónimo Caballero, un hombre pulcro hasta el último detalle.

Y así, casi sin querer, hemos desembocado en el lugar más céntrico de Santa Marta, la Plaza. Sus nombres oficiales se han ido mezclando con las denominaciones populares a lo largo de los años: Altozano, Mercado, Pública, La Libertad, Generalísimo, Perrunilla, Españina, Las Palmeras, Juan José Troyano… Todas las corporaciones quieren dejar su sello en la Plaza de la villa. 

En una próxima ocasión daremos otra vuelta por la calle Almendral, personificada en los negocios que abrieron en la década de los ochenta y noventa del siglo XX.


       

        Manuel Pintor Utrero

viernes, 19 de julio de 2024

 

PREGÓN FERIA DE LOS MAYORES 2024

       Una vez pasadas las fiestas de San Joaquín y Santa Ana quiero devolver las muestras de cariño que me habéis ofrecido publicando el escrito del pregón, al que le añado fotos alusivas al texto.

    En primer lugar, dar las gracias a la Junta Directiva de la Asociación de Pensionistas y Jubilados de nuestro pueblo por darme la oportunidad de dar el pregón de esta fiesta de los mayores 2024, especialmente a José Luis Rodríguez Acevedo por sus palabras. Acevedo y yo compartimos unos momentos muy especiales en el Colegio Menor Santa Ana de Almendralejo cuando éramos unos niños. Al mismo tiempo, quiero hacer constar el agradecimiento por la presencia constante de las autoridades, a las que tenemos que reconocer que, año tras año, apoyen con tanto entusiasmo esta fiesta.

    Y como no mencionar a la familia, lo más importante de nuestras vidas, con mención especial para la bisa Petra y los dos más pequeños, Lucas y Helena, sin olvidar a los amigos, que también veo por ahí a unos cuantos.

    Antes de comenzar, me gustaría evocar a algunos de los pregoneros que me han precedido en esta labor —Domingo Sánchez, Emiliana, Mari Carmen Durán, Isabel María Pérez, Alfredo Vozmediano—, especialmente a María Catena, la primera pregonera de estas fiestas de San Joaquín y Santa Ana, que estuvo en este atril hace una docena de años. María cogió el pendingue hace casi tres años y se fue a hacer un viaje estelar, esta vez sin nosotros.





Del mismo modo, recordar a dos hombres que vivían la feria con gran intensidad y nos dejaron el año pasado. Un camarero, Javier Rahona y un ciudadano ejemplar, Juan José Troyano.



Javi el del Casino, el alcalde de la calle El Medio, así le llamábamos Peana y yo mismo poco después de que una bandeja volara y asustara a cualquier desprevenido. Javi, acompañado de Sonia, se mantuvo al pie del cañón hasta casi su último aliento, siempre con esperanzas renovadas, siempre presto para echar una mano y siempre sufriendo por ese Atlético madrileño, no en balde era el tono de llamada en su teléfono móvil. Fueron pocos años los que compartimos amistad y profesión, sin embargo, su recuerdo será muy difícil de olvidar.

Juan José Troyano arribó por estos lares reclamado para trabajar en el Banco Central. Apareció por aquí sin hacer mucho ruido y sin saber que había llegado al lugar del que nunca querría escapar. Al poco de venir atracaron la sucursal de la plaza que lleva su nombre, arrebatándole aquella chaqueta de cuadros, escasa prenda, empero, con el paso de los años, se encargó de atracarnos severamente a los santamartenses, conquistándonos con su bonhomía y don de gentes. Julia, se nos fue el joven cartero, pero su legado permanecerá para siempre en este pueblo.



Hay que ver, hay que ver, como pasan los años, cantaba mi admirado Alberto Cortez. Esperábamos la llegada de la feria con ilusión: la ola, la noria, los cacharritos, la tómbola y esas luces blancas que nos deslumbraban, acostumbrados como estábamos a vivir bajo una tenue bombilla. Echando la vista atrás, nos vemos dando saltos en la verbena de la antigua plaza de abastos. Muchos de los que ahora estáis aquí tranquilamente sentados esperando que empiece el baile, ya brincabais con el ritmo ye-ye de Los Aztecas o Los Jóvenes Diablos. De esos tiempos, tan cercanos, tan lejanos, los jubilados hemos progresado tanto que ahora tenemos una Vespa, —ves pacá, ves pallá—, chapurreamos palabras en árabe —ara be a por esto, ara bes a por lo otro— y, lo más ilusionante de todo, nos mandan a las playas de arena blanca del Caribe —cari be a por el pan, cari be a por los niños—.



Los Aztecas



Los Jóvenes Diablos, más tarde Santa Fe

        Quiero que este pregón sirva para hacer una dedicatoria al gremio en el que he desarrollado toda mi vida laboral y son muy poco reconocidos, a pesar de tener una gran importancia en la sociedad. Me refiero, como no podía ser de otra forma, a los camareros, camareras, cocineros, cocineras y a todos los profesionales que se dedican a lo que ahora se llama muy pomposamente la restauración. No sé si os habréis parado a pensar que, sin ellos y ellas, no habría feria, navidades, carnavales o cualquier celebración que se precie.

          Y es por ese motivo, aprovechando que el arroyo de Las Piletas pasa por aquí cerca, quiero homenajear a algunos de esos camareros que todavía permanecen en nuestra memoria, y, como no, a nuestra localidad, mi querida Santa Marta, que además de nuestra patrona, lo es de la hostelería. Santa Marta, la hospitalaria, la trabajadora estajanovista y desinteresada.


Camareros, familiares e invitados. Visita a la fábrica de Cruzcampo en 1969.

Desde su fundación, Santa Marta ha sido muy importante por su situación geográfica. A siete leguas de Badajoz, en la mejor ruta hacia Sevilla, los caminantes hacían parada y fonda en nuestro pueblo. Viajeros ilustres e ilustrados tales como el famoso poeta romántico Lord Byron, Lady Holland, Robert Semple y hasta un rey de España, Carlos IV, uno de los peores monarcas que hemos sufrido los españoles.

Ninguno dejó constancia tan halagadora como el militar y espía británico, el mayor Dalrymple, que, después de atravesar casi toda la Península Ibérica, consideró la posada santamartense donde se alojó una verdadera joya. Su comentario no ofrece dudas: «Encontramos una posada muy decente y un casero muy servicial, con mucho el más limpio que había visto desde que salí de Osuna». 

En esa época había hasta cinco mesones, casi todos en la calle Vieja, donde podían hospedarse los primeros turistas de la historia.

Hew Whiteford Dalrymple


Lord Byron

El ritmo de vida y la velocidad se llevó por delante este tipo de establecimientos. Allá por la década de los 70, nuestro pueblo era conocido como Santa Marta de los Bares…, y de los ardores por culpa de la vaca del Puti, que se hizo famosa en toda España por La Vaquilla.


Comida homenaje a Manuel Rodríguez Jaramillo en el Casino

Con el fin de acordarnos de algunos de aquellos bares y camareros, muy populares entonces, iremos de un lado al otro del pueblo. Detrás de cada mostrador, detrás de cada cocina, hombres y mujeres muy recordados, aunque escasamente reconocidos, se afanaban diariamente por aliviar la sed y el hambre de nuestros paisanos y visitantes.

Comencemos el paseo por el Casino. Por allí andaban los hermanos Rodríguez Gamito, José, el Tuerto y Juan, Peana, aunque este había cogido otros derroteros. En la cocina, Loli, aunque la que partía el bacalao era siñá Justa, una mujer que siempre tenía la puerta trasera del Círculo abierta para cualquiera que necesitara un cacho de pan.


En la foto de la izquierda vemos a José, Justa y Juan. En la plaza que entonces tenía palmeras, el bar de Pedro Cáceres era referencia obligada por la calidad de sus vinos. A la derecha, siño Pedro detrás del mostrador.

La calle del ingeniero Baxeres contaba con varios bares. El primero, en el entonces conocido como Capitol por su similitud con el edificio del mismo nombre situado en Madrid, Fito Megías y su hijo, Loren Megías Vidigal, hacían las delicias del personal con sus estupendas patatas bravas, la pescada rebozada y los discos de Triana y Bambino.

Justo al lado andaba Kiko Vidigal, la Gitana un gran hombre, con sus aperitivos rociados y un eslogan determinante: Beba vino sin gana en Bar La Gitana.

Por la calle Neila tenía su cubículo Paco Noriego, Pacolín.

Loren Megías
Kiko Vidigal

Dando un salto nos vamos a la Carretera. En el lugar donde hay actualmente una pescadería estaba el bar Trigo, regentado por Manolo Trigo y su esposa Encarna Corbacho. En alguna ocasión, Manolo, un poco cansado de los parroquianos, que abusaban de la bondad de siñá Encarna con los aperitivos, les espetó:

—¿Qué coméis, que no bebéis?


Encarna y Manolo Trigo

Muy cerca estaba el Bar Guisado, regentado por siñá Jacinta y su hija Pali, ayudados por Jerónimo Chimenea y José Luis. Los combates entre las mesas eran constantes, así como el suelo, totalmente pavimentado de papeletas azules, los boletos…, las tragaperras de la época.

Presumiendo de caza en la puerta del Bar Guisado

En el cruce de la carretera de La Morera, el Bar Cuatro Caminos, allí estaba Juanito, el de Leonor, con sus hijos Manolo, fallecido prematuramente, y Juan Rodríguez Trigo, toda una vida dedicada a la hostelería, primero con su padre, luego haciendo bodas a tutiplén con Filo y Pali Corchero, terminando en el negocio de su vida y por el que siempre va a ser reconocido, el Pub Chapo’s.

Y cómo no recordar a Rafael, el de los Carneros; Antonio, de El Paraíso; la fonda de Andrés y Florentina, Cantero, Carretero, Galea, Felipe, Piquito. Feligato en El Cabezo y tantos y tantos.

He dejado para el final, aunque no por ello menos importante, a mis padres, Manolo y Manuela, y el Bar España, mi casa. Allí, de manera consecutiva hemos trabajado la feria durante cincuenta y seis años.

Manolo y Manuela llegaron al Bar España en 1966. La feria era auténtico dolor de muelas para los dos. Todavía no habían llegado por estos lares las cámaras frigoríficas eléctricas. Las neveras se alimentaban con barras de hielo provenientes de la fábrica de Juan Cáceres, Bigote, mientras que los bebedores de vino entonces no eran delicados. A casi todos les daba igual la temperatura a la que se lo servían.

Juan Cáceres y sus hijos, Joaquín y Manolo

Mientras tanto, Manuela, poco a poco, le fue cogiendo el tranquillo al tema culinario. La carta no se había impreso todavía, por lo que las raciones y tapas se escribían en pizarras publicitarias, aunque la mayoría de las veces se cantaban a viva voz:

—Calamares, gambas al ajillo, callos, mollejas, ensaladilla, boquerones en vinagre, montado de cerdo, lomo en vela…

Cuando llegaban las fiestas patronales, se añadían al repertorio las gambas cocidas, traídas directamente de Huelva, en cajitas de madera, con buenas cantidades de ácido bórico para su mejor conservación. Ocasionalmente, se ofrecían pajaritos en salsa, muy demandados por la clientela, aunque al estar prohibido cazarlos se anunciaban con eufemismos, tales como Los que volaban o Voladores.


Manolo y Manuela en la Romería de La Morera

Los días 29, 30 y 31 de julio, a los que había que añadir la víspera y el primer día de agosto, tenían un aire especial, esperado por todos. Sorprendía ver la calle El Medio atiborrada de sillas y veladores de madera plegables. Partiendo de la Plaza de las Palmeras hasta la puerta del doctor Zarallo la ocupaba el Casino, mientras que la terraza del BAR ESPAÑA llegaba desde dicha fachada hasta la Plaza Chica, donde, durante la feria, la familia Naranjo instalaba los coches chocantes.

Inés, Mercedes y Paulina, mi hermana. A la izquierda, Fernando Pérez Marqués

La gran caja registradora estaba de adorno, la contabilidad se llevaba en la oreja. En el pabellón auditivo reposaba una tiza blanca, ligeramente húmeda, con las que el camarero iba anotando las consumiciones en la barra. A algunos clientes no les agradaba mucho, pero…. es lo que había.


Manolo, José Flores y su hermano Vicente. La tiza en la oreja

Poco a poco, las costumbres fueron cambiando, las grandes ciudades sacaron los recintos feriales fuera del casco urbano. Que sucediera en los pequeños núcleos de población sólo era cuestión de tiempo. Precisamente, este mes de julio se cumplen treinta años desde que la Corporación municipal decidiera concentrar todas las atracciones y casetas en el antiguo campo de fútbol, actualmente ocupado por el Instituto de Secundaria.

Los negocios de hostelería del centro tuvieron que reinventarse, no quedaba más remedio. Después de un periodo de travesía por el desierto, la solución vino desde la capital provincial. Y así nació la FERIA DE DÍA.

Charanga, flamenco, trajes de sevillana, cerveza, manzanilla, rebujitos…, el resurgir de la fiesta fue inmediato. Alguna que otra vez acabábamos empapados, tanto por fuera como por dentro, en buena camaradería. Algún año vimos seriamente preocupados a los feriantes.


Cartel de la feria de 2004

Los primeros años del siglo XXI revolucionaron la cocina. Y ahí estuvo Antonia y el restaurante LA TALEGA. En nuestro constante afán por aprender y ofrecer nuevos platos hicimos bastante turismo gastronómico. De ahí salieron las taleguitas, los rollitos de pechuga; la flor de pulpo embuchado; la bomba de patata, chorizo y huevo frito; el atadillo de calabacín; el mini quiche de setas o la yema sobre bizcocho de boletus. Tampoco descuidamos los productos locales, como las patatas con revoltillos y morcilla lustre, el cochinillo en caldereta, las patatas bravas, que Antonia las hacía con la receta cedida amablemente por el inolvidable Loren. Antonia, cuando terminaba su faena seguía al pie del cañón, ayudando si hacía falta o, actuando de sicóloga, si la ocasión lo requería.

Campeonato mundial de TAPAS. Valladolid, noviembre 2019

Actualmente, la feria no motiva, estamos saturados de fiestas. Desde hace ya mucho tiempo gran cantidad de familias aprovechan esos días para marcharse de vacaciones. Determinados colectivos ciudadanos piden la vuelta a los orígenes, o sea que las atracciones regresen a los centros de los pueblos, no obstante, eso será o no será y a los que estamos aquí para disfrutar esta noche no nos corresponde determinar.

Ya vamos terminando, a continuación, se procederá a la proclamación de los guapos y las guapas de este año 2024. Después vendrán los jeringos, los chocolates y demás menudencias. Cuando todo eso pase, os emplazo a tomaros un cubalibre en memoria de todos y con todos. O quizá debiera decir,

Budapest, mayo de 2022

Así que, antes de ponernos como el quico, no dirvos, sentarvos y quedarvos un rato más. Muchas gracias y que disfrutéis de estos días de fiesta.

¡¡¡VIVAN LOS MAYORES, LAS MAYORES, LOS ABUELOS Y ESAS ABUELAS TAN GUAPAS!!! 

Y, POR SUPUESTO, ¡¡¡VIVA SANTA MARTA!!!

 


  CALLE ALMENDRAL (II)                Con el fin  de que no se enojen los profesionales que llegaron en la década de los ochenta y noventa d...