CALLE ALMENDRAL (II)
Volviendo a los
estertores del pasado siglo. El SPRINT vino
a ocupar el lugar donde había estado Catena.
Las luces tenues, la música atronadora y el ambiente juvenil conquistó a
paisanos y forasteros, muchos de los cuales quedaron atrapados para siempre en
Santa Marta.
Del mismo modo, PISTACHO revolucionó la manera de
engatusar a la grey infantil, arrastrando al olvido a siñó Rafaelito, Pérez, el Rey de los Tangos y demás compañeros que
habían surtido de golosinas a los niños santamarteños.
Ramón Caldillo abrió
una moderna carnicería que atendía su hija Mari Carmen. Daba gusto ir, sobre
todo en verano. Quizás fuera de las primeras tiendas en Santa Marta en disponer
de aire acondicionado.
José Rodriguez y Miguel Pintor unieron sus apellidos para
formar ROPIN. En ella vendían sus
propias creaciones de carpintería, muebles de todo tipo y artículos de regalo.
Dicen que el valor más seguro es el oro. Pues para eso estaba, y está, Luis M. Portillo, vendiendo joyas, relojes, bisutería, copas parecidas a la orejona, medallas deportivas…
Del mismo modo, la Caja Rural tuvo su oficina en esta
calle, concretamente en el local propiedad de la familia Guerra. Recordamos
como directores a Blas, Juan Miguel Domínguez…
No vamos a exagerar diciendo que la calle Almendral se
asemejara entonces al Ponte Vecchio de
Florencia en cuanto a joyerías, no obstante, Pepe, un orfebre cordobés, cogió
el relevo de Ramón Cintas a su jubilación. Detrás del mostrador, nuestra
recordada María Catena aconsejaba a las señoras qué alhaja lucirían con más
garbo el día de la patrona.
Un poco más arriba, Miguel Gurrumino y Brígida vendían telas, anunciando rebajas con mucho
arte. Este matrimonio calé ofrecía descuentos todo el año a señoras y señoritas
deseosas de lucir prendas elaboradas por ellas mismas.
Entonces se hablaba de duros, reales y, por supuesto, de
pesetas. A principios del siglo XX, aunque la moneda oficial española era la
peseta, en el habla coloquial, el real continuaba muy presente, del mismo modo
que el duro, usado la mayoría de las veces cuando se trataba de cantidades más
importantes. Como ejemplo, a finales de la centuria pasada un televisor en
color de 22 pulgadas costaba más de veinte mil duros.
Actualmente, un porcentaje muy elevado de jóvenes no saben
qué valor tenían estas monedas, por tanto, procedemos a ilustrarles sin que
tengan que coger el nuevo apéndice que portamos indefectiblemente. Un duro
equivalía a cinco pesetas, mientras que con cuatro reales ya tenías una peseta.
En 2002 le dijimos adiós a las rubias o
las pelas, como eran conocidas
coloquialmente, dándole la bienvenida al euro, aunque el cambio nos salió por
un ojo de la cara: para conseguir 1 euro había que soltar más de 166
pesetillas.
Andando el tiempo, Alejandro Díaz Moreno cambió los
tejidos de su padre por las cámaras fotográficas, la pasión de su madre,
continuando la saga en la actualidad su hija.
En 1987, Alejandro y Fernanda, su esposa, tuvieron unos momentos gloriosos gracias al concurso que marcó una época: Un, dos, tres. Todos los lunes, se congregaban frente al televisor millones de españoles deseosos de ver quien se llevaba los mejores premios, esquivando a la calabaza Ruperta. La ilusión de los concursantes era conseguir un apartamento en Torrevieja o un coche. Fernanda y Alejandro estuvieron varias semanas en el programa. De allí se trajeron un SEAT Málaga, además de dejar una palabra que se usa mucho en el argot santamartense: VIOLÍN, referido a un mosquito con música. Lamentablemente, el diccionario no piensa así.
En la década de los noventa, Mariano Guerra abrió el
camino a las antenas parabólicas y a la televisión por satélite con ELECTROSAN.
Por esa misma época los grandes supermercados se dejaban
notar en nuestra villa, siendo el SPAR de la calle Almendral uno de los
primeros. Saturio Macías y Mari Carmen cambiaron su humilde tienda de la
carretera de La Morera, tras un breve paso por la calle La Parra, por un
autoservicio totalmente equipado hasta con pescadería.
Si alguien pensaba que la saga Catena se había desvanecido
con el cierre de la escuela de comerciantes se equivocaba. Fátima regresó a
Santa Marta con ganas de asesorar en temas laborales, además de ofrecer todo
tipo de seguros.
Los bancos cambian de nombre o desaparecen abducidos por
instituciones financieras cada vez más grandes. Eso le sucedió a nuestro
siguiente protagonista, aunque fuera de manera provisional, el Central Hispano. El polifacético y
recordado amigo Juan José Troyano y su esposa Julia trabajaron en esa oficina.
El siglo XX iba dando sus últimas boqueadas. La simpática Mercería Montse fue de las últimas en llegar, empero, de las primeras en hacer su publicidad con la denominación original de la calle, enterrando para siempre el nombre nefando que lució durante demasiados años.
Ahora sí que nos aproximamos al final. El recorrido ha
sido largo, aunque espero que no aburrido. Este es nuestro pequeño homenaje a unos
hombres y mujeres que laboraron duramente por engrandecer nuestra poblacion.
Del mismo modo, queda para la historia la labor de los
que, a lo largo de los años, han confeccionado los libros de la feria, testigos indelebles del paso del tiempo —Ignacio
Fernández Cabañas, José Antonio Martínez Portillo, Flora María Picón Durán…—. Sin escudriñar esas revistas no hubiera sido posible
pergeñar esta amalgama de la calle Almendral, nuestra Menacho, Preciados o,
incluso, Oxford Street londinense.
Manuel Pintor Utrero
































