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| Calle Almendral en 1972. Fuente: Diario Hoy |
Esta vía tuvo durante el siglo XX distintas
denominaciones, en consonancia con las turbulencias de la centuria.
Posiblemente, deba su apelativo por la dirección en que está situada, siguiendo
una línea imaginaria hasta enlazar con el Camino
Viejo de Almendral.
Desde Concepción, pasando por Ricardo Burguete y su archienemigo Queipo de Llano.
Por fin, en la década de los noventa, el Consistorio, presidido por Francisco Marroquín Pintor, quitó de un plumazo la placa del militar sublevado, cambiándola por su nombre original: ALMENDRAL.
LA CALLE MENACHO DE SANTA MARTA
Aunque no tanto como su
vecina, la calle Badajoz, la de Almendral siempre ha sido una arteria en la que
ha florecido el comercio local. Ya se dejaba notar hace un siglo:
Miguel Murga Romero, «novedades
en tejidos y calzados».
Su yerno, Gabriel Catena
Calderón, con error tipográfico incluido, «ferretería, muebles y materiales de
construcción».
José Gallego Redondo,
«calzados curtidos».
Farmacia «La Milagrosa» de
Francisco Santos Sánchez.
Droguería de Agustín Corzo
Alvarado.
Una vez que hemos observado algunos de los negocios
de hace un siglo, volamos en un plisplás hacia los recuerdos infantiles. Ellos nos llevan, pisando los adoquines sufragados
por los vecinos, a verla en pleno apogeo mercantil.
En la foto de portada la vemos, huérfana de vehículos, en 1972, hace más de
cincuenta años, parece que fue ayer, invitándonos a visitar sus
establecimientos, hoy día casi todos desaparecidos. La recorreremos
zigzagueando, de un lado al otro, dando a conocer a las nuevas generaciones su
febril actividad, que abarcaba diversos sectores, desde comestibles hasta
tiendas de ropa, pasando por sastrerías, zapaterías, joyerías, tiendas de
electrodomésticos, una droguería, otra librería, la churrería, una tahona, además
de poder asegurar la Mobylette…
Comenzaremos por la esquina con la calle Badajoz. Allí se yergue, inamovible con el paso de los años y con futuro asegurado, Calzados Juan Miguel, la zapatería por excelencia de Santa Marta. Abrieron su primera tienda en la calle Ramón y Cajal teniendo presencia, además, en el vecino pueblo de Villalba. Desde mediados de los años cuarenta, ininterrumpidamente, ofrecen sus servicios en la calle Almendral, sin olvidar su presencia en los mercadillos de toda la región.
Al otro lado de la calle, Madysan (acrónimo de Manuel Díaz Sánchez), —la moderna tienda de
ropa regentada por Julián Cansado y Mari Pepa—.
Aunque ha sido imposible encontrar publicidad, no podemos
olvidar la pequeña Churrería de
Emilia y Josefa. En el interior sólo podían entrar dos o tres personas, por lo
que largas colas se formaban, sobre todo los domingos esperando los jeringos
engarzados dentro de un junco. Dicen que el secreto de sus buñuelos no se lo
desvelaron a nadie.
Siñó Francisco Balsera, bastante mayor, continuaba echando medias suelas y usando el
cerote, siendo de los pocos zapateros que iban quedando en Santa Marta.
En el piso de arriba, Antonia
Balsera, hija de Francisco, administraba a una gran pléyade de jovencitas,
deseosas de aprender los secretos de la máquina de coser Sigma. Las chicas bordaban su ajuar, aunque no desdeñaban en
absoluto la oportunidad de contar, o que les contaran, los acontecimientos más
relevantes sucedidos en la localidad.
Justo por debajo, se encontraba la sastrería de Aboma (Alejandro, Bonifacio y Manolo), unos hermanos que habían llegado desde Torrejoncillo. Allí, Alejandro te trajeaba a medida.
Su esposa, Esperanza,
ejercía de retratista oficial de la
localidad. Quedan para el recuerdo las fotos de adolescentes que ascendían
ilusionados las escaleras del estudio. Un día cualquiera, aquella jovencita,
hoy abuela, al abrir la caja de galletas y observar las amarillentas
instantáneas, su imaginación, por un momento, vuela a aquellos tiempos jóvenes
y atrevidos.
Al otro lado de la calle, la tienda de comestibles de Antonia Carmona y Paulino, ella de Campanario, él de Santa Marta, un matrimonio que celebró su boda allá por 1954. Ellos habían cogido el testigo de Juan Carmona Calderón y su esposa, Ruperta Mateos Municio, él soguero y espartero, mientras que ella proporcionaba a los santamartenses los avíos para la muchas matanzas que entonces se realizaban. El más pequeño de los hermanos, Ruperto comenzó allí su periplo como agente comercial e industrial.
Siguiendo la misma acera, nos encontramos con la casa de Manuel Cintas, que igual te hacía un seguro que te vendía una bicicleta BH, cada kilómetro un parche, siendo difícil olvidar los Abonos Cava, sobre todo por los enormes calendarios que regalaba todos los años.
En la misma vivienda, Diego Benítez abrió la Droguería El Pintor, toda una revolución
en Santa Marta. Vendía pinturas, perfumes, artículos de limpieza e, incluso,
alquilaba brochas para pintar.
La Tahona de
Gilito, donde las amas de casa llevaban para hornear las perrunillas, los
polvorones, las magdalenas…, además de asar los pimientos, tostar las avellanas
y las pipas de girasol.
Saturnino Pérez —Satur— llegó a esta villa desde Mallorca, destinado como cartero, y se quedó. Aparte de repartir la correspondencia
ofrecía sus servicios como agente de seguros de decesos. Atocha era su compañía.
Pero claro, una calle sin bar es muy aburrida. Con el fin de solucionarlo,
en el verano de 1972 abrió sus puertas la Cafetería
Milán, un local vanguardista en el que Valentín, Francisco y Antonio Suárez
hicieron sus primeros pinitos, y los últimos, en la hostelería. El dueño era
Antonio Suárez, el adusto
conserje del Círculo de Cascorro. Su hijo Paco, gran aficionado a la música,
tocaba la guitarra, intentando sacar los acordes de una melodía poco conocida
entonces. Se trataba de Entre dos aguas,
de Paco de Lucía.
Poco después, cambió de dueño. Manolo García y su esposa, América Rodríguez, emigrantes en Alemania, compraron el local. Ellos, junto con
sus cuñados, Manolo Gastón y Peña Rodríguez, le dieron otro aire,
convirtiéndose la Cafetería en lugar
de encuentro de los jóvenes que salían fuera de la población en busca del amor
que no encontraban aquí, sin olvidar el pollo frito, su plato estrella.
Enfrente, el comercio de Antonio Martínez y Aurelia Portillo olía a chacina. El cuarto kilo de pringue colorá adherida al papel de estraza —eso de la cachuela es muy moderno para nosotros—, estaba tan deliciosa que estabas deseando llegar a casa, cortar la telera, poner las tostadas a la lumbre y untarlas de rico caldillo.
Y a continuación, vamos a Casa Cintas, la empresa de Ramón Cintas González, todo un referente
en la comarca. Por un lado, joyería y relojería; al otro lado de la vía, todo
tipo de electrodomésticos, televisores… vamos, un Media Markt sin tener que salir de Santa Marta.
El vecino de Cintas, José
López Contreras, tenía un comercio de tejidos y pañería, aunque si alguien
pasaba apuros monetarios, no dudaba en socorrerlo, aplicándole, eso sí, el
interés correspondiente.
Las dos farmacias locales estaban en Almendral Street. Ya han pasado muchos años desde que dejó de dispensar pastillas de OKAL, sin embargo, la fachada más artística de Santa Marta nos sigue recordando que allí tenía su oficina la botica de Obdulia Ruiz.
Un poco más abajo, en la acera de los impares, Manuel
Santos Neila, un hombre muy querido en la villa, ofrecía sus fórmulas
magistrales a los santamartenses. Ambas despachaban las recetas del Seguro
Obligatorio de Enfermedad. No confundir con la actual Seguridad Social.
La librería Conquistadores, tutelada por una mujer muy culta, Castora Marín. Los tiempos estaban cambiando. En unos años, las revistas gazmoñas como AMA o HOLA, dieron paso a Cambio 16 o la más polémica, Interviú, que causó una revolución con sus desnudos de famosas en portada. Todas se podían adquirir en el establecimiento de Castora. Del mismo modo, no podemos olvidar los fascículos semanales coleccionables, convertidos a la postre en enciclopedias, como, por ejemplo, La Segunda Guerra Mundial y La Guerra Civil Española de Hugh Thomas.
Valentín no escatimaba en gastos. Todos los años, en el especial que el diario Hoy dedicaba a Santa Marta con motivo de la feria, su publicidad aparecía insertada en portada.
Arriba, de izquierda a derecha: Pedro La Orden,
Agustín Baños, Carmelo Leal, Jerónimo Caballero, Joaquín Leal, Juan López, Julián
Muñoz, Paco Pérez Triguero, Manolo Franganillo y Joaquín Utrero. Sentados: Juan Moreno,
Gabriel, Catena Calderón, Valentín Catena Murga y Víctor Moreno Catena.
Asimismo, hay que
poner en valor la gran cantidad de dependientes que su padre, Gabriel, formó. En la imagen podemos apreciar a estos jóvenes vendedores rodeando a
la familia Catena. Más tarde, esta gran plantilla voló con el fin de abrir sus
propios negocios. El más pequeño, Víctor Moreno, todo un doctor honoris causa por la Universidad de Sevilla. Hasta el final se quedaron Asunción
Balsera y el cajero, Jerónimo Caballero, un hombre pulcro hasta el último
detalle.
Y así, casi sin
querer, hemos desembocado en el lugar más céntrico de Santa Marta, la Plaza. Sus nombres oficiales se han ido
mezclando con las denominaciones populares a lo largo de los años: Altozano, Mercado, Pública, La Libertad,
Generalísimo, Perrunilla, Españina, Las Palmeras, Juan José Troyano… Todas las corporaciones quieren dejar su sello
en la Plaza de la villa.
En una próxima ocasión daremos otra vuelta por la calle Almendral, personificada en los negocios que abrieron en la década de los ochenta y noventa del siglo XX.
Manuel Pintor Utrero











