Por estas fechas hubiera cumplido ochenta y cuatro años. Este artículo salió publicado en la Revista
de Feria de Santa Marta del año 2019. Sé que muchos de mis amables lectores habrán leído, sin
embargo, como al mismo tiempo hace dos años que ya no está con nosotros, vuelvo a reiterar mi homenaje publicándolo en MIS HISTORIAS.
Dedicado
a María Villar.
Siempre
juntos, siempre inseparables.
Su nombre completo era FRANCISCO MARROQUÍN
PINTOR. Pocos santamartenses lo sabían, ya que la inmensa mayoría le llamaba
«Españina». Alcalde de sonrisa prístina; se mojaba más que nadie. Literalmente.
Calzándose las botas de goma, agobiado por las frecuentes inundaciones. Su
paciencia amplia, capaz de aguantar impertérrito una jornada completa en la
sala de espera del consejero de turno. Todo lo daba por bien empleado si
lograba sacar el máximo para invertir en
mejoras municipales; o, en fin, salir el primero a bailar, siempre con su fiel María,
con objeto de animar las fiestas del pueblo. A él, que nunca le gustó mandar, siempre
tuvo responsabilidades.
ESPAÑINA
Tal apodo se debió a una herencia familiar.
Al parecer, su abuelo, Francisco Marroquín Amador, entró en quintas en medio
del frenesí del conflicto que llevó a nuestro país a perder sus últimas
colonias. A finales del siglo XIX, los jóvenes españoles de familias humildes
desconocían el pacifismo. Léase con ironía. A la fuerza ahorcan, dirían otros.
O aquella coplilla popular: –«si te toca te jodes/ que te tienes que ir/ que tu
padre no tiene para librarte a ti»- El temor de ser enviados a Cuba, Filipinas o
al protectorado de Marruecos era intenso. Muchos no regresaban, los que volvían
llegaban hechos unas piltrafas.
Así las cosas, el abuelo de «Españina»,
realizado el sorteo para designar el destino de los quintos y sabedor que
podría quedarse en la Península, salió del Ayuntamiento gritando eufórico,
gritando: «Me ha
tocado España, me ha tocado España». Fue tal su vehemencia diciendo España,
España, que algún avispado, amigo del
chiste fácil, comenzó a llamarle por el nombre de este nuestro país. Su padre
heredó el apelativo y Paco le siguió, con la salvedad de que a él se lo
aplicaron con diminutivo.
LA GUERRA
Paco vino al mundo un sábado, a finales de noviembre
de 1936 en la actual Avenida de Extremadura, en el seno de una familia humilde
y trabajadora. Un año grabado a sangre y fuego en el corazón de los españoles. Tal
efemérides le perseguiría toda su vida:
-«Maldita guerra que tuvimos», decía, él, que
vivió sus primeros años de vida en la retaguardia de las tropas franquistas; no
en vano su padre fue movilizado justo un mes antes de nacer «Españina». En la
España que gobernaban los sublevados se comenzaba a implementar el «Plato
único», idea copiada de la Alemania nazi, que incitaba a comer un plato al día,
dedicando el dinero ahorrado a alimentar a los más desvalidos a través de la
beneficencia, aunque en realidad era una más de las estrategias del «benévolo
Caudillo» para financiar el gasto de guerra.
Recordaba sus primeros años como una película
triste y oscura, en blanco y negro. El ambiente de miseria, la carencia de casi
todo lo que hoy tenemos, pero no siempre valoramos; por no recordar el terror
que infundieron los vencedores. En las casas humildes se hablaba con bisbiseos
medrosos de lo que había pasado; el
recelo y el silencio constante. La atmosfera de miedo paralizante. La receta
oficial: sublime alabanza a Su Excelencia
el Jefe del Estado, ese hombre que
salvó a España.
LA POSGUERRA
Su padre, Rafael Marroquín Domínguez, era
jornalero, o, como eufemísticamente, eran conocidos los trabajadores por el
régimen franquista, productor. Su
capital se reducía a dos fanegas de tierra que había heredado, una de olivos y
otra de calma. Asimismo, trabajaba los cultivos de su pariente, José Loreto. Esta
circunstancia, junto con la extraordinaria solidaridad existente entonces entre
los vecinos, conllevaba que pudiera acudir a las tiendas de comestibles con la
seguridad de que le daban de fiado,
costumbre muy habitual entonces. Los
tenderos, hombre o mujer, armados de un gran lápiz negro –el maravilloso
bolígrafo BIC todavía no había llegado a España- anotaban las cuentas en los
papeles de estraza, pasándolo luego a limpio en un cuaderno destinado al efecto.
Gregoria acudía al comercio de siñá Antonia,
la de Salvador, situada en la esquina de la calle La Morera. En el momento que Rafael
cobraba algún jornal iba descontando la cuenta, sin embargo, no era hasta que
cobraba las cuatro perras de la recolección, cuando satisfacía su deuda. Y
vuelta a empezar. En palabras suyas: «Pasábamos hambre, pero nos aguantábamos».
LAS LAVANDERAS
Su madre, Gregoria Pintor Ferrera, era el
pilar donde se sustentaba la familia. Mujer de una voluntad férrea, logró sacar
a cuatro hijos adelante: Francisco, Rafael, José y Salvador.
Hasta los años sesenta del siglo pasado la ropa se lavaba en
los lavaderos. Las familias pudientes de la localidad –turras y de medio bizcocho incluidas-
tenían una o varias lavanderas que, por una cantidad estipulada, recogían casa
por casa las prendas sucias, devolviéndolas limpias. Había en Santa Marta al
menos cinco lavaderos: Huerta Sierra, La
Cocinera, Huerta Penita, Huerta de Paco Morales y Rosalía Redondo eran algunos de ellos, donde estas trabajadoras,
después de pagar una cuota mensual, tenían derecho a lavar.
El niño Paco veía con gran tristeza cómo su
progenitora salía muy de mañana, con un gran cesto de ropa sucia, a hacer la
colada en la huerta Sierra, también conocida como huerta del Chovo. Allí se reunían las lavanderas,
mujeres que, hincaítas de rodillas, con
los dedos de las manos plagados de sabañones, restregaban las prendas una y
otra vez sobre la piedra ondulada, antecesora del cucharro de madera; con mucha constancia, conseguían desprender la
suciedad o las manchas.
A pesar de lo duro del trabajo, en los
lavaderos se contaban todos los chismes locales: «Anda que Fulanito tiene la cabeza poco adorná».
«Sí, pos a mí me han dicho, de muy
buena tinta, que Menganito es el
padre de Zutanito». «A qué no os
habéis enterado que a Perengano lo
han cogido los civiles robando
bellotas y lo han puesto morao de
hostias en el Cuartel».
Una vez terminada la jornada, con el cesto a
la cabeza o en el costado, devolvían a las casas de los hacendados la ropa
limpia. Gregoria, agotada después del duro día lavando, preparaba la cena. Paco,
mientras tanto, la miraba apenado, deseando hacerse mayor con el fin de aportar
su jornal y que su querida madre se limitara a hacer los trabajos caseros.
LOS MELONES
El tiempo que pasó Paco en la escuela fue
efímero. Su espacio vital consistía en corretear por las calles y perseguir a
las muchachas. La Carretera, la calle Alta, el Convite, los helados de Reboloso en verano. Pero cuando llegaba
la feria, ¡oh, la feria! Para los niños de la posguerra era especial. Pasaban
todo el año pensando en ella. Las perras gordas que conseguían ahorrar eran
para las cunitas, el tío vivo, las voladoras, el circo Segura, la ruleta que
giraba… Esta atracción se convirtió en uno de sus primeros triunfos; se percató
que si la hacía virar en sentido contrario de las agujas del reloj, siempre paraba
en el mismo lugar, por lo que le cogió el tranquillo, consiguiendo varios
premios, hasta que el encargado, viendo que las ganancias se esfumaban, lo
reconvino de mala manera, impidiéndole jugar más.
Estuvo hasta los ocho años en la escuela. La
niñez y las correrías infantiles se escaparon de pronto. En el verano, su
madre, con gran pesar, no tuvo más remedio que recurrir a él. Su padre había
cogido una neumonía que le mantenía postrado en cama. Esto supuso un grave
problema. Rafael se había comprometido con Joaquín Cabañas y Paco Loreto a
explotar un melonar, propiedad de José Loreto, que habían sembrado entre los
tres. Paco se tuvo que prestar a sustituir a su padre. La finca estaba situada
en el paraje conocido como El Retamal,
cerca del Valle Lobero, distante
siete u ocho kilómetros del pueblo. Allí se marchó el niño de veraneo. Los dos
socios restantes quedaron encargados de acompañarle y suministrarle condumio al
rorro. El problema era que Cabañas, aparte del trabajo de bracero, por las
noches, hacía las labores de portero en el cine. Cuando en la pantalla aparecía
FIN o THE END, rápidamente aparejaba el burro, dirigiéndose a El Retamal. Loreto, asimismo, era lo que
entonces se llamaba recovero, por lo
que, muchas noches, o la película era demasiado larga, o los huevos y gallinas
no se vendían bien. Así que allí tenemos al pequeño «Españina» más solo que la
una.
Durante el día hacía las faenas que le habían
encomendado: aparejar la burra, pasar la filoxera, casear los melones... Cerca
del melonar, acampaban unos pastores portugueses. Su compañía, aunque lejana,
con las risas y las bromas oídas en una lengua que no entendía, le servían a
Paco para no sentirse solo; las tardes veraniegas se hacían largas, casi
interminables, pero la noche, ¡ay la noche! Entretanto, el sol se iba escondiendo
por donde decían que estaba la capital, mientras la oscuridad se adueñaba del
paraje, el niño Paco corría a refugiarse en un chozo que habían construido, se acurrucaba
contra sí mismo; no quería oír la cantinela que todas las noches los lusos
gritaban: -¡Ya se lo llevan, ya se lo llevan! Creía que iban a ir a por él. Lo
pasó muy mal, con mucho miedo; no le gustaba la noche ni estar solo. El ladrón
del tiempo le robó la infancia, como a tantos muchachos en esa época, aunque,
esa diabólica experiencia forjó su carácter, haciéndolo mucho más fuerte.
Piensen los amables lectores en su hijo o nieto de ocho o nueve años: Lo ven
solo en el campo, protegido únicamente por el cañizo, a la luz de las estrellas…
APRENDIENDO OFICIOS DEL CAMPO
Una vez pasada la experiencia
veraniega, como comentamos anteriormente, ya no volvió a la escuela. Su padre,
ya recuperado de su enfermedad, comenzó a enseñarle las labores del campo, por
las que le pagaban siete pesetas –unos cuatro céntimos de euro-. Respigar,
arar, trillar, segar. Cuando llegaba el frío -los inviernos eran muy duros- hacían
picón, combustible muy utilizado entonces y hoy, prácticamente, en desuso.
A pesar del cansancio, al anochecer, sus
pasos se encaminaban a la escuela de Genaro, verdadera universidad popular; en
ella aprendieron a perfeccionar la escritura, amén de las cuatro reglas
básicas, infinidad de adolescentes santamartenses que no tuvieron oportunidad
de estudiar.
Su salto al mercado laboral, ya como adulto a
pesar de no contar más de quince años, fue el día que acompañó a su progenitor
a la Perrunilla –poco podía imaginar que cuarenta y tantos años después todo el
mundo diría: la plaza de «Españina»- en busca de trabajo. A primeras horas de
la tarde, la explanada se convertía en un hervidero de braceros en busca de
jornal. Aquel día, Paco tuvo suerte y encontró faena, aunque la alegría le duró
hasta que se acostó en el catre y se hundió en el colchón de borra. La cabeza
comenzó a darle vueltas: «Y si no cumplo, y si hago el ridículo, y si…». Al amanecer,
las dudas se disiparon como por ensalmo. Realizó el trabajo satisfactoriamente,
cobrando su primer salario, nueve pesetas. Ese jornal le supo a almendrones, entregándolo con gran orgullo a su madre.
Hoy día equivaldría a poco más de una humilde moneda de cobre de cinco
céntimos.
MARÍA
Y entonces apareció María. Las sesiones de
cine, los paseos por la calle El Medio, las miradas disimuladas. Cupido actuó
rápido. Sufrieron ambos un flechazo directo al corazón. María Villar Hernández,
según Paco, no opuso mucha resistencia. Tenía catorce años; Paco dieciséis.
Las primeras andanzas de novios, como
no podía ser de otra manera, las tuvieron en los bailes. En uno de ellos, Paco
se acercó a María, nervioso, ignorando que ella estaba tanto o más que él. Fue
directo y pragmático:
«Si tú estás por mí, yo estoy por ti».
Muchos años después recordaba, asimismo: «La conocí y tuve la suerte de casarme
con ella». Pudo ser en «El Plátano», conocido así, posiblemente, porque las
paredes estaban pintadas de amarillo; en «Los altos del Huevero», o, incluso,
en el salón de arriba del Círculo de Cascorro, donde casi siempre tocaba «El
ciego», excepto en las fiestas, donde aparecía la famosa orquesta «El Ciclón».
La madrugada del domingo 26 de octubre de 1952, poco después que los jóvenes
terminaran de rendir culto a Terpsícore, la techumbre del casino se derrumbó.
Por suerte no quedaba nadie en el Casino.
María trabajaba, como tantas chicas
antes de casarse, en el taller de doña
Concha haciendo medias; ganaba 6 pesetas diarias. Su vida sufrió un duro
golpe al fallecer su padre. Junto con su madre y hermanos se trasladaron a
Almendralejo, donde fueron acogidos por su tía Carmen, que, asimismo, había
tenido que abandonar Santa Marta, estigmatizada por ser la esposa de Ángel
Cáceres, el miliciano que disparó a Simona Rodríguez en agosto de 1936.
A Paco le afectó sobremanera la
separación. Los domingos que no le salía trabajo, a lomos de una vieja bicicleta,
se encaminaba hasta la capital de Los Barros, ilusionado por ver a su novia. Lo
malo era cuando la bici pinchaba, cosa que sucedía con bastante frecuencia,
debido al calamitoso estado del camino, lleno de piedras que cortaban con suma
facilidad las frágiles ruedas.
LOS AMIGOS
Poco a poco, Paco se fue especializando
en hacer pozos artesanos. Subía y bajaba de ellos con gran agilidad, casi
despreciando el peligro. Un día, estando en una covanchera, se derrumbó el terraplén que estaban construyendo. El
corpachón de Metri Gordillo sirvió para protegerlos. Con él, quedaron atrapados Manolo «Porrilla» y «Pirri», un calé muy conocido entonces. Carmelo
Méndez, veterano que había luchado en mil batallas, fue sacando, piedra a piedra,
hasta que, después de dos horas, logró rescatarlos.
En una ocasión, una señora se precipitó a un
pozo. Hay que decir que en los pueblos bastantes suicidas aprovechaban la
profundidad de los mismos para acabar con su vida. «Españina», sin duda
alertado por alguien, se introdujo con suma facilidad y rescató a la mujer.
Sirva este ejemplo para darnos cuenta de la capacidad de Paco para ayudar a gente
que prácticamente no conocía. De esto podrían dar fe algunos de sus amigos de
juventud. Luis y Antonio Conde, Manolo Corbacho, Rafael Moreno, Justi León y
muchos más que se quedan en el tintero…
LA MILI
Cuando llegó la hora de hacer el servicio
militar tuvo un pelín de suerte. Le tocó la capital provincial. Como decíamos
anteriormente, la responsabilidad de mandar le siguió persiguiendo. Quiso pasar
inadvertido, pero nada, los tres galones rojos de cabo fueron para él.
Afortunadamente, la mili pasó a
mejor vida, no obstante, todos los que tuvimos que perder más de un año de
nuestras vidas contamos y no paramos anécdotas de ese período. La que contaba
Paco poco tenía que ver con ejercicios militares. En abril de 1959 estaba
invitado a la boda de Antonio y Petra. Consiguió permiso para asistir. Cuando
se dirigía a coger el autobús se cruzó con Rufino «Penita», que conducía un
camión: - «Si me ayudas a descargar la carga de paja te llevo al pueblo». Como la economía no era muy boyante,
aprovechó la oportunidad de viajar gratis. Así y todo, llegó un poco tarde a la
celebración.
LA
BODA
Pasaron diez años de noviazgo. En 1962
decidieron contraer matrimonio. Las bodas de hace casi sesenta años no tienen
nada que ver con las actuales. Para salón de celebraciones, lo normal era
alquilar la parte alta de alguna casa, destinada a almacenar grano, que se
conocía como doblado.
Primero se hacía «el pelaero». Esta era una práctica ancestral en la que las
mujeres de la familia se repartían el trabajo. Unas pelaban y cocinaban los
pollos de corral, verdadero manjar casi desaparecido en la actualidad. Mientras
tanto, el resto se dedicaba a hacer masa para dulces caseros. Las perrunillas, los dormiditos, las roscas del
candil… Más tarde, ya moldeadas, se colocaban en unas bandejas de hojalata,
llevándolas directamente, casi en procesión, a cualquiera de las muchas tahonas
con horno de leña que había entonces en Santa Marta.
Paco y María se casaron el día 21 de
diciembre de 1962 por la tarde. La cena y el baile posterior a la celebración la hicieron en los altos de Codosero, muy cerca de
la vivienda de Rafael y Gregoria.
La luna de miel fue cortita. Al día
siguiente, cogieron el autobús de Brito y se plantaron ilusionados en
Almendralejo con objeto de hacerse las fotos de estudio de la boda. Tenían la
pretensión de ir al estudio de Castillo, el más reputado retratista de la
comarca, empero apareció la tía Antonia. Ésta les comentó que Gragera cobraba
más barato. Una vez terminado el posado, los novios regresaron al que iba a ser
su nuevo hogar, una casita en la calle El Molino.
Como escribimos anteriormente, the honey moon duró poco. La campaña de
recogida de aceitunas estaba en pleno apogeo. Paco se integró en una cuadrilla
que tenía una particularidad dolorosa para la esposa. Los olivos de Gaspar
Santos quedaban lejos de la población, por lo que únicamente volvían una vez en
semana. Y allí esperaba María, cual
Penélope aguardando que apareciera Ulises, tejiendo y destejiendo la manta. Los
aceituneros pernoctaban en un cortijo. Con el fin de amenizar las largas noches
invernales, Nicasio «el Caruso» parodiaba y cantaba las canciones de los
cantantes de moda: Manolo Escobar, Joselito, Juanito Valderrama y Dolores Abril…
LAS
OBRAS PÚBLICAS
En los años sesenta del pasado siglo
las infraestructuras en Extremadura adolecían casi de lo más necesario. Las
secuelas de la guerra civil todavía se dejaban notar. Poniendo como ejemplo
Santa Marta: en los cajones del Ayuntamiento, empolvados, estaba un proyecto de
1935 consistente en la construcción de la red de alcantarillado y agua potable.
No fue sino hasta 1963 cuando se puso en marcha la gran obra que iba a cambiar
la vida y las costumbres de los santamartenses. La empresa de Tomás Peña
consiguió la contrata. Paco, entonces recién casado, recibió una propuesta para
trabajar con el constructor y no dudó en dejar las faenas campesinas para
siempre. Buen trabajador, no pasó mucho tiempo sin que Peña se diera cuenta de
su potencial para dirigir y gestionar, nombrándolo encargado.
De la misma forma que en nuestro
pueblo, gran cantidad de poblaciones estaban ejecutando las obras de
saneamiento. En todos los pueblos eran acogidos con alborozo, parecía que
llegaba míster Marshall. Paquito «el del agua», le decían. Las grandes máquinas
retroexcavadoras todavía no habían llegado por estos lares. El pico y la pala,
sí.
Salvaleón fue su primer destino
fuera de Santa Marta. Más tarde Villafranca de los Barros, donde vivieron siete
años. Durante su estancia en la antigua Perceia, siempre imbuido en su afán por
aprender, participó en un curso de fontanería, patrocinado por el Consistorio
local y avalado por el P.P.O. (Promoción Profesional Obrera), antecesor de lo
que fueron las Escuelas Taller, a las que «Españina», como veremos
posteriormente, les dedicó buena parte de su trabajo.
Continuando
el peregrinar: en Zafra dos años y medio, terminando su periplo en Villanueva
del Fresno, donde residieron casi cuatro años más; amén de muchas villas más a
las que se desplazaba diariamente. Por todos los lugares dejaron una impronta
de cariño que, todavía hoy, perdura, siendo recordados por muchos y muy buenos
amigos.
LA
EMIGRACIÓN
Mientras tanto, su hermano Rafael
había tenido que emigrar, como tantos otros. Fue a parar a Badalona,
encontrando trabajo de conductor. Poco después, José y Salvador siguieron el
mismo camino. El primero de obrero de la construcción, mientras que el pequeño
siguió el oficio que había aprendido en el terruño, carpintero, logrando con el
tiempo hacerse un eminente ebanista.
Las consecuencias de la diáspora
llegaron de lleno a los progenitores. Al quedarse solos en Santa Marta no les
quedó más remedio que seguir la senda de sus hijos. Rafael y Gregoria
partieron, con casi sesenta años, a una tierra desconocida, al calor de sus
hijos. Esa tierra, Cataluña, los acogerá para siempre.
LA
POLÍTICA
Paco y María volvieron a Santa Marta
en plena transición política. Ya se habían celebrado elecciones generales,
había hasta diputados comunistas, pero faltaba elegir a alcaldes y concejales.
Su primer acercamiento coincidió con
las primeras elecciones municipales de 1979. El PSOE no presentó lista en la
villa santamartense. Paco acompañó la lista del Partido Comunista como
independiente.
Los años fueron pasando. Su primera
experiencia como concejal ocurrió en 1987, coincidiendo con las elecciones
locales más reñidas de la historia santamarteña. El pastel electoral quedó muy
repartido. Partido Popular, Partido Socialista y Centro Democrático y Social se
quedaron con tres ediles cada uno, consiguiendo Izquierda Unida dos.
Cuatro años después, en 1991, el PSOE
recuperó la hegemonía, siendo el más votado. Miguel Caballero volvió a ocupar
la alcaldía, aunque efímeramente. Las circunstancias le obligaron a dimitir,
convirtiéndose Francisco Marroquín Pintor en alcalde de Santa Marta el 2 de
octubre de 1992.
Nuevamente se veía con
responsabilidades de mando, aunque no una responsabilidad cualquiera. Desde el
primer día se dedicó en cuerpo y alma en dotar a esta villa de las
infraestructuras que carecía. Comenzó pidiendo citas en las consejerías. Al
comprobar que lo de «vuelva usted mañana» seguía vigente, cogió el toro por los
cuernos. Acompañado de su guardia pretoriana, Antonio Cáceres y Manuel Vidigal,
«la Gitana» recorrían los despachos solicitando las mejoras de las que tanto
adolecía Santa Marta. No es objeto de este trabajo enumerar los innumerables
logros que consiguió este hombre humilde, incansable, trabajador. Nunca le hizo
falta tener una vasta cultura. Sabía que necesitábamos viviendas sociales, hogar
de la tercera edad, pabellón polideportivo, depuradora, mejorar las
instalaciones de la Dehesilla, un nuevo campo de fútbol, el instituto de
Enseñanza Secundaria y Bachillerato… Empero, la obra que el pueblo bautizó con
su apodo fue la Plaza de las Palmeras.
Con el fin de ocuparse de la alcaldía
tuvo que dejar de trabajar en la Mancomunidad de aguas de Nogales, donde era
encargado. Su poder adquisitivo sufrió una gran pérdida económica; esto no fue
óbice para poner todo lo que disponía al servicio del Consistorio; como ejemplo
fehaciente, su coche recién comprado. Comentó en alguna ocasión: «El Clío no
salió del ayuntamiento, entro conmigo». A los días le faltaban horas. La puerta
de su despacho permanecía abierta a todos.
Y llegó la consulta electoral de
1995. El pueblo, que no es tonto, otorgó la primera mayoría absoluta de la
historia de Santa Marta al PSOE, liderado por Francisco Marroquín, cosechando
además más de mil trescientos votos, cantidad nunca más alcanzada, hasta ahora,
por ningún partido. El respaldo popular hizo que Paco siguiera, erre que erre,
demandando mejoras que redundaran en el progreso local. La llamada Casa del
Pueblo, robada a los socialistas locales después del golpe militar, fue cedida
al municipio. Los alumnos y profesores de la Escuela Taller se encargaron de
rehabilitarla. El complejo de ocio de La
Dehesilla se convirtió en la envidia de pueblos cercanos. El silo fue,
asimismo, cedido al ayuntamiento. De igual forma, durante su mandato se
cambiaron los nombres franquistas de las calles. En la mayoría de los casos
volvieron a la nomenclatura que tuvieron anteriormente.
Pero la alcaldía quema. María pasaba
mucho tiempo sin su esposo. Igualmente, las espinas que encontró en el camino.
De las más dolorosas fue no poder iniciar el ansiado polígono industrial,
frenado por unas absurdas cargas ganaderas, aunque vaticinó, como así sucedió,
que se conseguiría. Se aproximaba el fin de la legislatura. Después de siete
años agotadores, quiso dejar paso a compañeros más jóvenes.
LA
FAMILIA
He querido dejar para el final a la
familia. Lo más importante para él. Un año después de su boda, ya vivían en
Salvaleón, nació Rafi en Badajoz. Cuentan que le dijeron a Gregoria que había
sido abuela de una niña y, ni corta ni perezosa, después de haber estado
rodeada de varones, se encaminó rauda a la capital a conocer a su primera nieta.
Unos años después vino al mundo Paco, esta vez en Almendralejo.
«Españina» se sentía muy orgulloso
de sus hijos. Como buen padre, los educó en el respeto y en el cariño. La familia
se fue haciendo más grande: José Mari y Mª Jesús entraron a formar parte de
ella. Y poco a poco, fueron llegando esos locos bajitos, como los definió
acertadamente el maestro Serrat: José Mari, Rafa –su vivo retrato-, Paloma,
Javi y Alicia. Como a cualquier abuelo, verlos crecer fue una de sus mayores
alegrías.
En una entrevista realizada en 2002 –gracias
Acevedo- dejó estos consejos a la juventud:
«A los jóvenes que aprovechen el tiempo, que
estudien».
«El mejor capital es la cultura».
«Habiendo cultura hay dinero. Que se apliquen
a los libritos».
EPÍLOGO
Al dejar la alcaldía tuvo que asumir
una triste realidad. Hoy día vemos en las noticias las pagas vitalicias y las
puertas giratorias que usan los políticos. No fue el caso de Paco. Los años de
servicio público sólo le sirvieron para que su jubilación se viera reducida
enormemente. Más tarde vino la enfermedad del médico alemán…
Francisco Marroquín nos dejó
definitivamente a primeros de noviembre de 2018. Su espíritu nos había abandonado
mucho antes; no obstante, su sonrisa, su obra y su memoria quedarán, como El Viejo Monte, marcados indeleblemente en
los corazones de los santamartenses.
Manuel Pintor Utrero, julio 2019.









