viernes, 6 de marzo de 2026

 

CALLE ALMENDRAL (II)

            Con el fin de que no se enojen los profesionales que llegaron en la década de los ochenta y noventa del siglo XX, vamos a dar otra vuelta a la Almendral y dar cuenta de algunos de ellos.
                Comenzaremos este nuevo trayecto con una instantánea de 1985. Observamos una parte de la Perrunilla, un motorista cruzando y un Cuatro Latas aparcado. Al otro lado, una casa con doblado, muy conocida por ser la morada de Pedro La Orden, toda su vida de dependiente en Casa Catena. Al mismo tiempo, se otea una placa señalando la parada de taxis que estuvo ubicada en ese lugar.
            Posteriormente, el edificio cambió totalmente y en la actualidad —año 2026—, hay un espacio para la gente menuda llamado Capricho, además de dos viviendas. Justo al lado, La Quesería, regentada por Alba y su padre, Juan Gabriel más conocido como Juancho, una verdadera enciclopedia parlante.

        Volveremos a pisar la calle adoquinada en plena efemérides; en septiembre se cumplen sesenta años desde su colocación, bordillo a bordillo, cuando Santa Marta era una gran potencia en canteras de granito.
       En la siguiente foto vemos un grupo de picapedreros santamartenses. Entre ellos, abajo a la izquierda, el padre del que suscribe, mientras que arriba, a la derecha, el gran Ritoré encaramado en la piedra.

    
Picapedreros en Santa Marta

Volviendo a los estertores del pasado siglo. El SPRINT vino a ocupar el lugar donde había estado Catena. Las luces tenues, la música atronadora y el ambiente juvenil conquistó a paisanos y forasteros, muchos de los cuales quedaron atrapados para siempre en Santa Marta.


Del mismo modo, PISTACHO revolucionó la manera de engatusar a la grey infantil, arrastrando al olvido a siñó Rafaelito, Pérez, el Rey de los Tangos y demás compañeros que habían surtido de golosinas a los niños santamarteños.


                

Ramón Caldillo abrió una moderna carnicería que atendía su hija Mari Carmen. Daba gusto ir, sobre todo en verano. Quizás fuera de las primeras tiendas en Santa Marta en disponer de aire acondicionado.


                

José Rodriguez y Miguel Pintor unieron sus apellidos para formar ROPIN. En ella vendían sus propias creaciones de carpintería, muebles de todo tipo y artículos de regalo.




Dicen que el valor más seguro es el oro. Pues para eso estaba, y está, Luis M. Portillo, vendiendo joyas, relojes, bisutería, copas parecidas a la orejona, medallas deportivas…

Del mismo modo, la Caja Rural tuvo su oficina en esta calle, concretamente en el local propiedad de la familia Guerra. Recordamos como directores a Blas, Juan Miguel Domínguez…


No vamos a exagerar diciendo que la calle Almendral se asemejara entonces al Ponte Vecchio de Florencia en cuanto a joyerías, no obstante, Pepe, un orfebre cordobés, cogió el relevo de Ramón Cintas a su jubilación. Detrás del mostrador, nuestra recordada María Catena aconsejaba a las señoras qué alhaja lucirían con más garbo el día de la patrona.






Un poco más arriba, Miguel Gurrumino y Brígida vendían telas, anunciando rebajas con mucho arte. Este matrimonio calé ofrecía descuentos todo el año a señoras y señoritas deseosas de lucir prendas elaboradas por ellas mismas.

Entonces se hablaba de duros, reales y, por supuesto, de pesetas. A principios del siglo XX, aunque la moneda oficial española era la peseta, en el habla coloquial, el real continuaba muy presente, del mismo modo que el duro, usado la mayoría de las veces cuando se trataba de cantidades más importantes. Como ejemplo, a finales de la centuria pasada un televisor en color de 22 pulgadas costaba más de veinte mil duros.

Actualmente, un porcentaje muy elevado de jóvenes no saben qué valor tenían estas monedas, por tanto, procedemos a ilustrarles sin que tengan que coger el nuevo apéndice que portamos indefectiblemente. Un duro equivalía a cinco pesetas, mientras que con cuatro reales ya tenías una peseta. En 2002 le dijimos adiós a las rubias o las pelas, como eran conocidas coloquialmente, dándole la bienvenida al euro, aunque el cambio nos salió por un ojo de la cara: para conseguir 1 euro había que soltar más de 166 pesetillas.

            Anteriormente, vimos que Aboma anunciaba que hacía mutis. Alejandro y Esperanza vieron como su tienda de ropa quedaba reducida a cenizas el día de Nochebuena de 1981, salvándose del incendio un crucifijo y una estampa de la Virgen de Gracia.


Andando el tiempo, Alejandro Díaz Moreno cambió los tejidos de su padre por las cámaras fotográficas, la pasión de su madre, continuando la saga en la actualidad su hija.

En 1987, Alejandro y Fernanda, su esposa, tuvieron unos momentos gloriosos gracias al concurso que marcó una época: Un, dos, tres. Todos los lunes, se congregaban frente al televisor millones de españoles deseosos de ver quien se llevaba los mejores premios, esquivando a la calabaza Ruperta. La ilusión de los concursantes era conseguir un apartamento en Torrevieja o un coche. Fernanda y Alejandro estuvieron varias semanas en el programa. De allí se trajeron un SEAT Málaga, además de dejar una palabra que se usa mucho en el argot santamartense: VIOLÍN, referido a un mosquito con música. Lamentablemente, el diccionario no piensa así.



En la década de los noventa, Mariano Guerra abrió el camino a las antenas parabólicas y a la televisión por satélite con ELECTROSAN.


Por esa misma época los grandes supermercados se dejaban notar en nuestra villa, siendo el SPAR de la calle Almendral uno de los primeros. Saturio Macías y Mari Carmen cambiaron su humilde tienda de la carretera de La Morera, tras un breve paso por la calle La Parra, por un autoservicio totalmente equipado hasta con pescadería.


Si alguien pensaba que la saga Catena se había desvanecido con el cierre de la escuela de comerciantes se equivocaba. Fátima regresó a Santa Marta con ganas de asesorar en temas laborales, además de ofrecer todo tipo de seguros.


Los bancos cambian de nombre o desaparecen abducidos por instituciones financieras cada vez más grandes. Eso le sucedió a nuestro siguiente protagonista, aunque fuera de manera provisional, el Central Hispano. El polifacético y recordado amigo Juan José Troyano y su esposa Julia trabajaron en esa oficina.


El siglo XX iba dando sus últimas boqueadas. La simpática Mercería Montse fue de las últimas en llegar, empero, de las primeras en hacer su publicidad con la denominación original de la calle, enterrando para siempre el nombre nefando que lució durante demasiados años.

 

Ahora sí que nos aproximamos al final. El recorrido ha sido largo, aunque espero que no aburrido. Este es nuestro pequeño homenaje a unos hombres y mujeres que laboraron duramente por engrandecer nuestra poblacion.

Del mismo modo, queda para la historia la labor de los que, a lo largo de los años, han confeccionado los libros de la feria, testigos indelebles del paso del tiempo —Ignacio Fernández Cabañas, José Antonio Martínez Portillo, Flora María Picón Durán…—.  Sin escudriñar esas revistas no hubiera sido posible pergeñar esta amalgama de la calle Almendral, nuestra Menacho, Preciados o, incluso, Oxford Street londinense.

Manuel Pintor Utrero

  CALLE ALMENDRAL (II)                Con el fin  de que no se enojen los profesionales que llegaron en la década de los ochenta y noventa d...