JOSÉ NORIEGO DÍEZ, «EL SACRISTÁN»
Esta vez toca dar a conocer a las
nuevas generaciones a José Noriego Díez, el
Sacristán. Nació en Aceuchal en 1894. A los dos años falleció su madre,
tomando su padre la decisión de internarlo en un colegio de organistas – sochantres,
fundada y dirigida por el Hermano Francisco Becerra, ubicado en un antiguo
hospital del pueblo de Feria.
A los dieciocho años fue
contratado como sacristán y organista de nuestra parroquia. Su vida siempre estuvo
ligada a la iglesia, aunque no podemos olvidar su vinculación con el Círculo de
Cascorro, donde fue contratado como pianista en enero de 1912, con un sueldo de
15 pesetas mensuales, «teniendo la obligación de tocar en los bailes y
funciones, así como los días que la junta decida». Al mismo tiempo hizo
trabajos de escritura para el Casino, por lo que recibía 5 pesetas al mes. En
algunas ocasiones, los directivos le reprendían, indicándole que debía tocar el
piano siempre que los socios se lo pidiesen, como en la mili, siempre a sus
ódenes.
Aguantó así casi diez años. En
1921, nueve años después, mandó un escrito a la Directiva pidiendo humildemente
un pequeño aumento de sueldo, «pues debe
tener en cuenta que el presente no es lo mismo que cuando tomé el cargo, pues
la vida cada día se hace más imposible». La junta acordó estudiar el
asunto, -vuelva usted mañana- sin darle una contestación inmediata, tanta, que
no dejaron constancia de subida salarial.
Unos años antes, en 1917 había contraído matrimonio
con Manuela Gallego Redondo, con quien formó una numerosa familia, no en vano
fueron padres de siete hijos, siendo el más conocido Francisco, o Pacolín, como lo llamaba todo el mundo. Aparte
de su trabajo en el Casino y en la Iglesia, que, por cierto, parece ser que no
estaba remunerado, con el fin de alimentar a su numerosa prole, abrió una
academia de música. En ella impartía clases de solfeo, enseñando a tocar varios
instrumentos a alumnos procedentes de la capital provincial, de Almendralejo,
de la propia localidad y de los pueblos cercanos. Para impartir las clases
contaba con un piano que compró al Casino en 1924. Esto fue debido a que el
Círculo había adquirido uno nuevo, sacando el viejo a subasta. El único postor
fue Noriego, que lo obtuvo por 455 pesetas, a pesar de ser el único que pujó.
Como curiosidad, el flamante piano le costó al Casino 2.250 pesetas. Incansable,
cuando llegaba el buen tiempo, cargaba el pesado mueble en un carro y allá que
se iba a animar las fiestas de los municipios colindantes.
El día de la Inmaculada de 1922,
al parecer, el bueno de José Noriego, con el fin de combatir el frío o celebrar
la fiesta religiosa, abusó más de la cuenta del vinillo, pudiera ser en la
sacristía o en una antigua bodega que había en el Pilar, donde solía reunirse
con sus amigos. En opinión de los socios, los signos eran evidentes del estado
en que se encontraba. Totalmente desinhibido, comenzó a tocar el piano sin
ningún orden, dejando las canciones a medias y rompiendo una tabla del órgano; sin
embargo, lo que no soportaron los asistentes al baile fue la chanza que hizo de
ellos, calificada de escandalosa por la puritana sociedad de la época. El momento cumbre llegó cuando interpretó «Los
Nabos», una canción popular, con una letra que les parecería poco menos que
indecente, aunque, visto desde nuestra perspectiva, creemos que os sacará una
sonrisa, incluso alguna carcajada. Debo agradecer a Manuel Vidigal que me
pusiera sobre la pista de la composición, de la que hay varias versiones,
algunas bastantes más extensas. Hemos escogido esta. La música que se utiliza
es la de «Vamos a contar mentiras»:
Mi abuelo tenía un huerto (bis) que tenía muchos
nabos, tralará (tres veces)
Cómpreme usted una burrita, (bis)
Para irme a vender nabos, tralará, (bis)
Le compraron la burrita, y se marchó a vender nabos
En la mitad del camino, (bis) me salieron los
gitanos, tralará (tres veces)
Me quitaron la borrica, (bis) solo me quedan los
nabos, tralará (tres veces).
Por un convento pasé (bis)
Y pasaba voceando, tralará (tres veces)
Salió la madre abadesa (bis)
- ¿A cómo da usted los nabos?, tralará (tres veces)
-A peseta el medio kilo, tralará (tres veces).
-No los quiero son muy caros, tralará (tres veces).
- ¿Los quiere frescos, del día? (bis)
Bien gordos y regalados, tralará (tres veces).
Y a la entrada del convento, (bis)
Hay un letrero bordado, tralará (tres veces)
Con letras de oro que dice (bis):
Aquí murió el de los nabos, tralará (tres veces).
No murió de calentura, (bis)
Ni de dolor de costado, tralará (tres veces), que
murió de una paliza (bis)
Que las monjas le habían dado, tralará (tres veces).
Madre,
cuando yo me muera, madre, (bis)
que me entierren en sagrado, tralará, (bis)
que me entierren en sagrado.
Que en
la cabecera ponga, (bis)
un letrero colorado, tralará, (bis)
un letrero colorado.
Con
unas letras que digan, (bis):
«Aquí murió el de los nabos», tralará, (bis)
«Aquí murió
el de los nabos».
El episodio amenazaba con salirle
caro al bueno de Noriego. Al día siguiente, unos treinta socios firmaron una
denuncia en la que expresaban su malestar con el pianista.
La decisión de la Junta Directiva,
presidida a la sazón por el ingeniero Manuel Fernández Estévez, fue la de
rescindirle el contrato, no pudiendo asimismo solicitar el ingreso en la
Sociedad.
Los días posteriores no debieron
ser agradables para José Noriego. Totalmente arrepentido y avergonzado, envió
una carta a la Rectora suplicando que lo perdonaran.
La Directiva examinó el escrito y,
debido a la falta de acuerdo, se procedió a votar. El resultado fue de tres
votos a favor del indulto, uno en contra y cuatro papeletas en blanco. El
contraste de pareceres resultaba evidente, aunque los votos a favor hicieron
que le levantaran el arresto, aunque el incidente no le salió gratis al músico.
Fue castigado a tocar gratis durante
seis meses; no podría salir del Casino durante su actuación; las bebidas
alcohólicas totalmente prohibidas; así como tampoco gozaría de ningún
privilegio de los que disfrutaban los socios; fue obligado a arreglar los desperfectos
del piano en ocho días, debiendo dar su conformidad en 24 horas.
Lógicamente,
José Noriego, ¡qué remedio! aceptó las leoninas condiciones, continuando en el
Casino durante muchos años.
El tiempo fue pasando. El público
ya no se conformaba con un solo instrumento para los bailes. Los carnavales
estaban en pleno auge en los años veinte del pasado siglo. A José le encargaron
que buscara una orquestina. Le acompañaron Nicolás Arce y José Mª Aguilar,
recibiendo veinticinco pesetas por tres bailes, mientras que Noriego cobró
además treinta pesetas de sobresueldo, «por el trabajo de formar la orquesta».
Con la llegada de la República le
formalizaron un contrato con el fin de que actuara los días de feria en la
caseta que la Sociedad instalaba en la actual Plaza de las Palmeras. Sin embargo,
en plena guerra civil, se vio obligado a aceptar un convenio por el que
cobraría 15 pesetas mensuales, la misma cantidad que percibía en 1912, nada
menos que veintiséis años antes.
Una vez concluida la contienda, se
negó a tocar el día del Corpus. Da la impresión que pudiera ser un acto de
rebeldía, impropio de esos días en los que cualquier protesta se contemplaba
como «adhesión a la rebelión», aunque no fuera el caso de José, que había
donado dos pares de pendientes de oro en una suscripción abierta para sufragar
el gasto de guerra. Los directivos miraron para otro lado y contrataron a la
agrupación musical local.
Unos meses más tarde, «el Sacristán» volvió a la carga. Pidió veinticinco pesetas por
cada baile, posiblemente conociendo el buen talante del entonces presidente de
la Junta rectora, Gabriel Catena, que accedió a pagarle esa cantidad, cambiando
el procedimiento que habían seguido con anterioridad.
Compuso villancicos, canciones
religiosas, populares y hasta patrióticas. Las partituras están durmiendo
perdidas en algún lugar, quizás esperando que alguien las rescate. En octubre
de 1967, unos amigos le hicieron un tardío homenaje en su casa.
José Noriego Díez falleció el 16
de noviembre de 1967.
