En las noches largas de brasero y badila, Coro recreaba los pasos del «Padre Facilideo» ante sus hijos. Uno de ellos, Leandro el «inefable» continuó con aquel boca a boca que venía de lejos, tanto como el comienzo del siglo XIX. Con nocturnidad, pero sin alevosía, compartió aquella historia, tan fantástica como divertida. Y no era chisposa porque anduviéramos rodeados de caballos líquidos de Terry y de efluvios de La Habana, sino porque el cuento tiene mucha miga, como comprobará a continuación el amable lector.El suceso tiene múltiples padres. Unos lo quieren llevar a Nogales, otros ubicarlo en La Parra o incluso en La Morera. Por mi parte, he creído oportuno ubicarlo en Santa Marta, lugar de nacimiento de Coronada Juan. En realidad, es un cuento muy extendido por la geografía extremeña, con versiones diversas, por lo que pudiera ser, asimismo, producto de la imaginación de algún iluminado o iluminada, llegando así hasta la actualidad.
De cosecha propia son algunas pinceladas que he tomado de los relatos de viajeros que pernoctaron en nuestro pueblo a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Pero siempre respetando la tradición oral de la familia Vázquez Juan. Y ya, sin más dilación, vamos a ello.
El suceso en cuestión ocurrió durante la Guerra de la Independencia, que enfrentó al pueblo español con los ejércitos de Napoleón. Santa Marta era lugar de paso obligado en el camino que une Lisboa con Sevilla. Al estar situada a siete leguas[1] de Badajoz, bastantes viajeros destacaron las excelencias de los alojamientos santamartenses, entre ellos Lord Holland, su esposa Elizabeth y Sir Hew Dalrymple, sorprendido gratamente por la limpieza y el trato recibido en este pueblo.[2]
| Santa Marta, sobre 1800. Mi agradecimiento a Camilo A. Hernández Domínguez, autor del cuadro. |
PADRE
FACILIDEO
La
mayoría de los destacamentos pernoctaban en esta villa, que contaba entonces con
cinco mesones o posadas.[3] Una
tarde invernal, una patrulla arribó hasta Santa Marta con el fin de pasar la
noche. La tropa montó su campamento en las traseras de la iglesia parroquial,
justo al lado del pilar donde abrevaban las bestias. Sin embargo, los oficiales
y suboficiales no dormían en el suelo. A su llegada, las autoridades eran
requeridas con urgencia. Debían proporcionar alojamiento y comida a los jefes.
El procurador síndico los distribuía entre las casas de familias pudientes.
Uno de
ellos, ansioso por yantar y descansar, fue enviado a la casa del cura, un
viejecito con malas pulgas que recibió al militar a regañadientes, por lo que
trató de confundirlo.
-Buenas
tardes, ¿es usted el cura?
-Buenas
tardes –respondió con tono serio, de pocos amigos-, yo no soy el cura, soy el
padre Facilideo.
-Mire
usted, mi nombre es Leandro García Montes, soy sargento mayor y me han enviado
a su casa con objeto de que me proporcione aposento y papancia. ¿Me podría dar
un poco de agua?
El
sacerdote contestó:
-No, hijo
mío, no se llama agua, es sed para la abundancia.
-Pues
deme un poco de sed para la abundancia.
En esos
momentos, un enorme gato pasó entre las piernas del suboficial, casi
derribándolo, exclamando éste:
- ¡Qué
buen gato tiene usted, padre Facilideo!
-No -dijo
el cura-, ese es Berrinchote.
El
invitado, estaba cada vez más mosqueado. Pasando por el zaguán, desembocaron en
el salón, donde estaba situada, asimismo, la cocina. Al sargento Leandro le
llamó la atención el mobiliario:
- ¡Qué
sillas más cómodas tiene usted! –dijo el soldado al ver los asientos.
-No, hijo
mío, esos son los virutánganos.
El sargento
estuvo tentado de no volver a abrir la boca, sin embargo, al ver el crepitar de
la lumbre en la chimenea, quizás por agradar, comentó:
- ¡Cómo
calienta la candela!
-Que no,
hombre, que no, que eso es la iluminancia –contestó Facilideo, pensando en el
lío que le estaba haciendo al soldadito.
En esos
momentos, Leandro observó boquiabierto los embutidos, colgados estratégicamente
en los palos de la techumbre:
-Padre
Facilideo, dígame usted lo que quiera, pero se me está haciendo la boca agua
con la matanza que tiene colgada.
Nuevamente,
el cura contradijo la expresión del soldado:
-No
muchacho, eso son los santos.
No doy
una con este hombre, pensó.
A
continuación, acabaron pronto con la frugal cena, que apenas contaba con un par
de mendrugos de pan mezclados con ajo, acompañados con una ensalada; huevos
duros y una tortilla.[4] El
sargento García comió con fruición, sobre todo pensando en los chorizos y
salchichones que colgaban del techo de la cocina. Pero el cura no quiso
compartir sus embutidos, dando por terminado el refrigerio.
El eclesiástico
se levantó, dirigiéndose hacia la alcoba en la que habría de dormir el militar.
-Bueno,
pues este es tu cuarto.
-Qué
buena cama tiene usted, padre Facilideo.
-Nuevamente
has metido la pata. Eso no es una cama, son los brazos de ambulancia.
Se
acostaron. Al militar le sonaban las tripas después de la ligera comida. No se
le iba de la cabeza las buenas chacinas que atesoraba el clérigo, por lo que
ideó un plan. Después del primer sueño, se incorporó sigilosamente,
dirigiéndose a la cocina. Lo primero que hizo fue apropiarse de una buena
cantidad de embutidos, envolviéndolos en un hatillo. Continuó colocando las
sillas de manera que obstaculizasen el paso. Para terminar, con mucho cuidado,
cogió una cuerda, la ató al rabo del gato, que dormía plácidamente al lado de
la candela, una vez anudada, prendió la soga en el fuego, espantó al gato, que
salió corriendo como alma que lleva el diablo, gritando:
-PADRE
FACILIDEO, PADRE FACILIDEO, LEVÁNTESE DE LOS BRAZOS DE AMBULANCIA, Y
TRAIGA SED PARA LA ABUNDANCIA, PUES BERRINCHOTE LLEVA ATADA LA
ILUMINANCIA EN EL RABO, Y TENGA MUCHO CUIDADO CON LOS VIRUTÁNGANOS,
QUE LOS SANTOS VAN DE MARCHA.
En
lenguaje cotidiano:
-PADRE FACILIDEO, PADRE FACILIDEO,
LEVÁNTESE DE LA CAMA Y TRAIGA AGUA, DEBIDO A QUE AL GATO LE ESTÁ ARDIENDO EL
RABO, Y CUIDADO CON LAS SILLAS, QUE ESTÁN ESTORBANDO. ¡AH!, Y LA MATANZA SE
VIENE CONMIGO.
Y desapareció. Unos dicen que lo
vieron huir por El Toril, otros por El Molinito, algunos, que se largó por
la cueva de El Risco de la Atalaya; el caso es que nunca se supo más del
hambriento sargento.
Manuel
Pintor Utrero
Dedicado a Coronada Juan, y a todas las madres que con gran coraje criaron a sus hijos en un tiempo difícil.
[1]
La legua es una antigua medida de longitud que expresa la distancia que una
persona, a pie, o en cabalgadura, podía andar durante una hora. En la antigua
Roma equivalía a tres millas romanas, es decir, unos 4,435 km (4.435 m).
[2] DALRYMPLE, William. «Travels
through Spain and Portugal in 1774». Almond, LONDON 1777. Página 159.
[3] Respuestas Generales del Catastro del Marqués de la Ensenada. (1750-1754).
[4] SEMPLE, Robert. «A second journey
in Spain in the spring of 1809». Londres, 1812. Páginas 65-66.