viernes, 13 de noviembre de 2020

                                                 


JOSÉ LUIS PORTILLO MUÑOZ 

En estos tiempos en los que la Universidad de Sevilla está poblada de una extensa pléyade de santamartenses, es tiempo de dar a conocer a este precursor, uno de tantos que entonces, a falta de universidad extremeña, estudiaron en la capital hispalense. Su nombre, José Luis Portillo Muñoz, del que hemos de decir que sentó cátedra a orillas de Guadalquivir.

Comenzaremos tomando una bebida universal. En 1961, la marca de refrescos más conocida a nivel mundial, Coca-Cola, organizó el I Concurso Interescolar de Redacción, que luego fue conocido como Concurso Nacional de Redacción. Participaban los alumnos de los Institutos que cursaban cuarto curso de Bachillerato. José Luis Portillo, que estudiaba en el Colegio de los PP. Salesianos de Mérida, fue seleccionado por su colegio para concursar en la edición de 1968.

Expliquemos la mecánica. Los primeros implicados eran los profesores de Literatura de cada colegio. Ellos eran los encargados de seleccionar sus, a priori, mejores alumnos. Una vez elegido, cada estudiante desarrollaba su escrito, supervisado/corregido por su maestro o maestra. A continuación, se enviaban a la organización, donde eran seleccionados. Los que consideraban más destacados aparecían publicados en el diario Hoy. Semanalmente, varias redacciones tenían eco en el periódico.

Buceando las noticias en los diarios antiguos hay ocasiones en los que encontramos sorpresas inesperadas. Vas pasando páginas y, de pronto, ¡albricias! ¿Quién es esta chica de carita redonda y sonrisa angelical? Pero si es Felisa Caballero Núñez. Felisa estudiaba en las Josefinas de Badajoz. Su texto, «…Y la vida resucitó», apareció en las páginas de Hoy. Unos días más tarde, 9 de marzo, se celebró la final del concurso en el Instituto Zurbarán de Badajoz.


Un total de ciento treinta y siete chicos y chicas participaron en un aula abarrotada. En un clima de expectación, Enrique Segura Covarsí, presidente de la Mesa de Honor, extrajo un sobre sellado y desveló el tema sobre el que tenían que desarrollar la redacción: «El traje». Murmullo de sorpresa y, a escribir. Tenían dos horas por delante. Nuestros avezados paisanos, Felisa, José Luis y algunos más, se entregaron a la tarea.

El tiempo fue pasando. Llegó la primavera, y con ella una gran noticia. José Luis Portillo Muñoz había ganado el primer Premio provincial de Redacción. El último domingo de abril, el teatro López de Ayala sirvió de espectacular escenario donde se entregaron los premios. Después de la actuación de Los Relámpagos, José Luis recibió, sonriente y emocionado, como obsequio una máquina de escribir portátil Amaya. Asimismo, preguntado por un redactor, contestó con tranquilidad que quería ser periodista.


 

            Y ahora, una vez apagadas las luces, entraremos en harina. José Luis vino al mundo en Santa Marta el 14 de febrero de 1952, sólo unos días después de acceder al trono británico una jovencísima Isabel II. Antes de ocuparnos de él, daremos unas breves pinceladas de sus progenitores.

Su padre, Luis Portillo Tejada, andares achacosos, nariz prominente, gafas de mucho aumento; sus labios jugueteaban constantemente con un palillo, y, eso sí, una bondad increíble.  Continuando la tradición familiar, la panadería fue su primera ocupación. Poco después del nacimiento de José Luis, en julio de 1953, la tahona sufrió un aparatoso incendio, ardiendo una enorme hacina de leña.

Trabajador incansable; los días para él parecían no tener horas suficientes; gestionaba su propia fábrica de gaseosas; vendía y almacenaba piensos PROVIMI para el ganado; atendía una correduría de seguros; llevaba la corresponsalía del Banco Exterior de España, y, por las noches, en lugar de echar un rato con los amigos, acudía al Ayuntamiento, del que había sido designado concejal por el grupo de los cabezas de familia. Permaneció en el cargo desde 1961 hasta 1967, en un Consistorio, presidido manu militari, por el comandante villalbero Francisco Fernández Grajera.


Con tal acumulación de quehaceres, a su esposa, Pura Muñoz Corrales, le quedaba atender su hogar y educar a José Luis y sus hermanos. Esta señora, de trato amable, supo legarle a su familia todo el cariño que sólo una madre puede dar.

            Después del éxito a nivel provincial, Portillo continuó estudiando en Mérida. Después de terminar el Bachillerato, sus pasos se dirigieron a Sevilla. Allí se olvidó del periodismo. Le seducía más la licenciatura en Bellas Artes.  Todos los años, en verano, volvía al terruño. Entonces no había tupper, y la comida de siñá Pura seguía seduciéndolo. Fue en aquella época cuando trabé amistad con él y su hermano Eugenio. Con Evaristo y María, mi familia tenía una relación muy especial, no en vano vivieron unos años al lado del Bar España. Entre vino y vino, las largas noches de estío se nos hacían cortas. Los dos hermanos eran unos conversadores extraordinarios. Mi curiosidad por los entresijos históricos, que ellos tan bien desgranaban, se veían satisfechos.

Una vez terminada la carrera, José Luis, que había sido un brillante alumno, fue requerido por el profesor Emilio Gómez Piñol, con el fin de investigar los grabados impresos en Sevilla en la primera mitad del siglo XVI. Descubrió que había una gran cantidad de material, por lo que se decidió a estudiar la parte gráfica de la imprenta incunable sevillana. Antes de continuar habrá que explicar qué es eso de incunable. ¿Qué haríamos sin la Wikipedia? Ahí va:

El término incunable hace referencia a la época en que los libros se hallaban en su cuna, es decir en la primera infancia de la técnica de hacer libros a través de la imprenta. Los libros reconocidos como incunables son los impresos entre 1453, año de la invención de la imprenta moderna, y 1500. Otra característica importante era la falta de portada.

Una vez que hemos aprendido algo sobre los incunables, volvemos a fijarnos en José Luis. Para la urdimbre de su tesis de licenciatura, prácticamente, pasaba horas y horas, tanto en la Biblioteca Universitaria como en la Colombina, ambas hispalenses. Ésta última alberga 1.300 libros de estas características. Como no podía ser de otra forma, la Biblioteca Nacional de España, en Madrid estuvo, asimismo, en su línea de investigación.

Después de una ardua tarea; nervios, idas y venidas, por fin estuvo en condiciones de presentar su trabajo. Sucedió un caluroso día de julio de 1979. La España de la Transición se estremecía con el incendio, o, ¿atentado? en el Hotel Corona de Aragón.

Los encargados de juzgar la tesis de José Luis Portillo formaban parte de la élite cultural e, incluso, política, sevillana, encabezada por José Hernández Díaz, catedrático de Historia del Arte y, asimismo, alcalde de Sevilla de 1963 a 1966. Le acompañaban José Guerrero Lovillo y Emilio González Piñol, ambos, asimismo, catedráticos; María José del Castillo Utrilla, a la sazón profesora e historiadora del Arte y, por último, Herr Klaus Wegner, del que, lamentablemente, no podemos aportar ninguna referencia. El trabajo presentado por José L. Portillo Muñoz mereció la máxima calificación por unanimidad.

Posteriormente, casi tres años más tarde, en 1982, auspiciado por la Diputación Provincial de Sevilla, su tesis vio la luz en forma de libro: LA ILUSTRACIÓN GRÁFICA DE LOS INCUNABLES SEVILLANOS. Lo dedicó, sencillamente, a su familia: A Luis, Pura, Eugenio, Evaristo, María, Marisa y Evaristo hijo, con todo el cariño, que, por la distancia, en persona no les puedo dar.

José Luis continuó su vida en la capital andaluza haciendo lo que más le gustaba. Empero, a finales de noviembre de 1986 nos llegó una terrible noticia, que llenó de dolor a su familia, sobre todo a sus padres. José Luis nos había dejado con tan sólo treinta y cuatro años.

Durante mucho tiempo intenté hacerme de su libro. Pregunté en librerías sevillanas, también en la Hemeroteca Municipal; no aparecía por ningún lado; busqué en Internet y, un rayo de esperanza, después de tanto tiempo, aparecía la portada. Seguí los pasos para comprarlo. No disponible; agotado; en una web pedían casi 400 euros. Casi perdidas las esperanzas, encontré una dirección: Carmichael Alonso Libros, en un pueblecito perdido de Cantabria, Lloreda de Cayón. Hice las gestiones y, a los pocos días, llegó.

Aún recuerdo aquellas conversaciones con los hermanos Portillo. Sirvan estas mal hilvanadas letras de postrero homenaje a una gran familia.

Manuel Pintor Utrero

 

 


 

 

 


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