JOSÉ
LUIS PORTILLO MUÑOZ
En estos tiempos en los que la Universidad de
Sevilla está poblada de una extensa pléyade de santamartenses, es tiempo de dar
a conocer a este precursor, uno de tantos que entonces, a falta de universidad
extremeña, estudiaron en la capital hispalense. Su nombre, José Luis Portillo
Muñoz, del que hemos de decir que sentó cátedra a orillas de Guadalquivir.
Comenzaremos tomando una bebida universal. En
1961, la marca de refrescos más conocida a nivel mundial, Coca-Cola, organizó el
I Concurso Interescolar de Redacción, que luego fue conocido como Concurso
Nacional de Redacción. Participaban los alumnos de los Institutos que cursaban cuarto
curso de Bachillerato. José Luis Portillo, que estudiaba en el Colegio de los
PP. Salesianos de Mérida, fue seleccionado por su colegio para concursar en la edición
de 1968.
Expliquemos la mecánica. Los primeros
implicados eran los profesores de Literatura de cada colegio. Ellos eran los
encargados de seleccionar sus, a priori, mejores alumnos. Una vez elegido, cada
estudiante desarrollaba su escrito, supervisado/corregido por su maestro o
maestra. A continuación, se enviaban a la organización, donde eran
seleccionados. Los que consideraban más destacados aparecían publicados en el diario
Hoy. Semanalmente, varias redacciones tenían eco en el periódico.
Buceando las noticias en los diarios antiguos
hay ocasiones en los que encontramos sorpresas inesperadas. Vas pasando páginas
y, de pronto, ¡albricias! ¿Quién es esta chica de carita redonda y sonrisa
angelical? Pero si es Felisa Caballero Núñez. Felisa estudiaba en las Josefinas
de Badajoz. Su texto, «…Y la vida resucitó», apareció en las páginas de Hoy. Unos días más tarde, 9 de marzo, se
celebró la final del concurso en el Instituto Zurbarán de Badajoz.
Un total de ciento treinta y siete chicos y chicas participaron en un aula abarrotada. En un clima de expectación, Enrique Segura Covarsí, presidente de la Mesa de Honor, extrajo un sobre sellado y desveló el tema sobre el que tenían que desarrollar la redacción: «El traje». Murmullo de sorpresa y, a escribir. Tenían dos horas por delante. Nuestros avezados paisanos, Felisa, José Luis y algunos más, se entregaron a la tarea.
El tiempo fue pasando. Llegó la primavera, y
con ella una gran noticia. José Luis Portillo Muñoz había ganado el primer
Premio provincial de Redacción. El último domingo de abril, el teatro López de
Ayala sirvió de espectacular escenario donde se entregaron los premios. Después
de la actuación de Los Relámpagos,
José Luis recibió, sonriente y emocionado, como obsequio una máquina de
escribir portátil Amaya. Asimismo,
preguntado por un redactor, contestó con tranquilidad que quería ser
periodista.
Y ahora, una vez apagadas las luces,
entraremos en harina. José Luis vino al mundo en Santa Marta el 14 de febrero
de 1952, sólo unos días después de acceder al trono británico una jovencísima
Isabel II. Antes de ocuparnos de él, daremos unas breves pinceladas de sus
progenitores.
Su padre, Luis Portillo Tejada, andares
achacosos, nariz prominente, gafas de mucho aumento; sus labios jugueteaban
constantemente con un palillo, y, eso sí, una bondad increíble. Continuando la tradición familiar, la
panadería fue su primera ocupación. Poco después del nacimiento de José Luis,
en julio de 1953, la tahona sufrió un aparatoso incendio, ardiendo una enorme
hacina de leña.
Trabajador incansable; los días para él
parecían no tener horas suficientes; gestionaba su propia fábrica de gaseosas;
vendía y almacenaba piensos PROVIMI para
el ganado; atendía una correduría de seguros; llevaba la corresponsalía del
Banco Exterior de España, y, por las noches, en lugar de echar un rato con los
amigos, acudía al Ayuntamiento, del que había sido designado concejal por el
grupo de los cabezas de familia. Permaneció en el cargo desde 1961 hasta 1967,
en un Consistorio, presidido manu
militari, por el comandante villalbero Francisco Fernández Grajera.
Con tal acumulación de quehaceres, a su
esposa, Pura Muñoz Corrales, le quedaba atender su hogar y educar a José Luis y
sus hermanos. Esta señora, de trato amable, supo legarle a su familia todo el
cariño que sólo una madre puede dar.
Después del éxito a nivel
provincial, Portillo continuó estudiando en Mérida. Después de terminar el Bachillerato,
sus pasos se dirigieron a Sevilla. Allí se olvidó del periodismo. Le seducía
más la licenciatura en Bellas Artes.
Todos los años, en verano, volvía al terruño. Entonces no había tupper, y la comida de siñá Pura seguía seduciéndolo. Fue en aquella
época cuando trabé amistad con él y su hermano Eugenio. Con Evaristo y María,
mi familia tenía una relación muy especial, no en vano vivieron unos años al
lado del Bar España. Entre vino y vino, las largas noches de estío se nos
hacían cortas. Los dos hermanos eran unos conversadores extraordinarios. Mi
curiosidad por los entresijos históricos, que ellos tan bien desgranaban, se
veían satisfechos.
Una vez terminada la carrera, José Luis, que
había sido un brillante alumno, fue requerido por el profesor Emilio Gómez
Piñol, con el fin de investigar los grabados impresos en Sevilla en la primera
mitad del siglo XVI. Descubrió que había una gran cantidad de material, por lo
que se decidió a estudiar la parte gráfica de la imprenta incunable sevillana. Antes
de continuar habrá que explicar qué es eso de incunable. ¿Qué haríamos sin la
Wikipedia? Ahí va:
El término incunable hace referencia a la época en que los libros se hallaban en su cuna, es decir en la primera infancia de la técnica de hacer libros a
través de la imprenta. Los libros reconocidos como incunables son los impresos
entre 1453, año de la invención de la imprenta moderna, y 1500. Otra
característica importante era la falta de portada.
Una vez que hemos aprendido algo sobre los incunables, volvemos a fijarnos en José
Luis. Para la urdimbre de su tesis de licenciatura, prácticamente, pasaba horas
y horas, tanto en la Biblioteca Universitaria como en la Colombina, ambas
hispalenses. Ésta última alberga 1.300 libros de estas características. Como no
podía ser de otra forma, la Biblioteca Nacional de España, en Madrid estuvo,
asimismo, en su línea de investigación.
Después de una ardua tarea; nervios, idas y
venidas, por fin estuvo en condiciones de presentar su trabajo. Sucedió un
caluroso día de julio de 1979. La España de la Transición se estremecía con el
incendio, o, ¿atentado? en el Hotel Corona de Aragón.
Los encargados de juzgar la tesis de José
Luis Portillo formaban parte de la élite cultural e, incluso, política,
sevillana, encabezada por José Hernández Díaz, catedrático de Historia del Arte
y, asimismo, alcalde de Sevilla de 1963 a 1966. Le acompañaban José Guerrero
Lovillo y Emilio González Piñol, ambos, asimismo, catedráticos; María José del
Castillo Utrilla, a la sazón profesora e historiadora del Arte y, por último, Herr
Klaus Wegner, del que, lamentablemente, no podemos aportar ninguna referencia.
El trabajo presentado por José L. Portillo Muñoz mereció la máxima calificación
por unanimidad.
Posteriormente,
casi tres años más tarde, en 1982, auspiciado por la Diputación Provincial de
Sevilla, su tesis vio la luz en forma de libro: LA ILUSTRACIÓN GRÁFICA DE LOS
INCUNABLES SEVILLANOS. Lo dedicó, sencillamente, a su familia: A Luis, Pura, Eugenio, Evaristo, María,
Marisa y Evaristo hijo, con todo el
cariño, que, por la distancia, en persona no les puedo dar.
José Luis continuó su vida en la capital
andaluza haciendo lo que más le gustaba. Empero, a finales de noviembre de 1986
nos llegó una terrible noticia, que llenó de dolor a su familia, sobre todo a
sus padres. José Luis nos había dejado con tan sólo treinta y cuatro años.
Durante mucho tiempo intenté hacerme de su
libro. Pregunté en librerías sevillanas, también en la Hemeroteca Municipal; no
aparecía por ningún lado; busqué en Internet y, un rayo de esperanza, después
de tanto tiempo, aparecía la portada. Seguí los pasos para comprarlo. No
disponible; agotado; en una web pedían casi 400 euros. Casi perdidas las esperanzas,
encontré una dirección: Carmichael Alonso Libros, en un pueblecito perdido de
Cantabria, Lloreda de Cayón. Hice las gestiones y, a los pocos días, llegó.
Aún recuerdo aquellas conversaciones con los
hermanos Portillo. Sirvan estas mal hilvanadas letras de postrero homenaje a
una gran familia.
Manuel Pintor Utrero



Muy interesante, no tenía ni idea de esta historia.
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