martes, 8 de febrero de 2022



CORONADA JUAN 
    En las noches largas de brasero y badila, Coro recreaba los pasos del «Padre Facilideo» ante sus hijos. Uno de ellos, Leandro el «inefable» continuó con aquel boca a boca que venía de lejos, tanto como el comienzo del siglo XIX. Con nocturnidad, pero sin alevosía, compartió aquella historia, tan fantástica como divertida. Y no era chisposa porque anduviéramos rodeados de caballos líquidos de Terry y de efluvios de La Habana, sino porque el cuento tiene mucha miga, como comprobará a continuación el amable lector.

El suceso tiene múltiples padres. Unos lo quieren llevar a Nogales, otros ubicarlo en La Parra o incluso en La Morera. Por mi parte, he creído oportuno ubicarlo en Santa Marta, lugar de nacimiento de Coronada Juan. En realidad, es un cuento muy extendido por la geografía extremeña, con versiones diversas, por lo que pudiera ser, asimismo, producto de la imaginación de algún iluminado o iluminada, llegando así hasta la actualidad.

De cosecha propia son algunas pinceladas que he tomado de los relatos de viajeros que pernoctaron en nuestro pueblo a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Pero siempre respetando la tradición oral de la familia Vázquez Juan. Y ya, sin más dilación, vamos a ello.

El suceso en cuestión ocurrió durante la Guerra de la Independencia, que enfrentó al pueblo español con los ejércitos de Napoleón. Santa Marta era lugar de paso obligado en el camino que une Lisboa con Sevilla. Al estar situada a siete leguas[1] de Badajoz, bastantes viajeros destacaron las excelencias de los alojamientos santamartenses, entre ellos Lord Holland, su esposa Elizabeth y Sir Hew Dalrymple, sorprendido gratamente por la limpieza y el trato recibido en este pueblo.[2]

Santa Marta, sobre 1800. Mi agradecimiento a Camilo A. Hernández Domínguez, autor del cuadro.
                

PADRE FACILIDEO

La mayoría de los destacamentos pernoctaban en esta villa, que contaba entonces con cinco mesones o posadas.[3] Una tarde invernal, una patrulla arribó hasta Santa Marta con el fin de pasar la noche. La tropa montó su campamento en las traseras de la iglesia parroquial, justo al lado del pilar donde abrevaban las bestias. Sin embargo, los oficiales y suboficiales no dormían en el suelo. A su llegada, las autoridades eran requeridas con urgencia. Debían proporcionar alojamiento y comida a los jefes. El procurador síndico los distribuía entre las casas de familias pudientes.

Uno de ellos, ansioso por yantar y descansar, fue enviado a la casa del cura, un viejecito con malas pulgas que recibió al militar a regañadientes, por lo que trató de confundirlo.

-Buenas tardes, ¿es usted el cura?

-Buenas tardes –respondió con tono serio, de pocos amigos-, yo no soy el cura, soy el padre Facilideo.

-Mire usted, mi nombre es Leandro García Montes, soy sargento mayor y me han enviado a su casa con objeto de que me proporcione aposento y papancia. ¿Me podría dar un poco de agua?

El sacerdote contestó:

-No, hijo mío, no se llama agua, es sed para la abundancia.

-Pues deme un poco de sed para la abundancia.

En esos momentos, un enorme gato pasó entre las piernas del suboficial, casi derribándolo, exclamando éste:

- ¡Qué buen gato tiene usted, padre Facilideo!

-No -dijo el cura-, ese es Berrinchote.

El invitado, estaba cada vez más mosqueado. Pasando por el zaguán, desembocaron en el salón, donde estaba situada, asimismo, la cocina. Al sargento Leandro le llamó la atención el mobiliario:

- ¡Qué sillas más cómodas tiene usted! –dijo el soldado al ver los asientos.

-No, hijo mío, esos son los virutánganos.

El sargento estuvo tentado de no volver a abrir la boca, sin embargo, al ver el crepitar de la lumbre en la chimenea, quizás por agradar, comentó:

- ¡Cómo calienta la candela!

-Que no, hombre, que no, que eso es la iluminancia –contestó Facilideo, pensando en el lío que le estaba haciendo al soldadito.

En esos momentos, Leandro observó boquiabierto los embutidos, colgados estratégicamente en los palos de la techumbre:

-Padre Facilideo, dígame usted lo que quiera, pero se me está haciendo la boca agua con la matanza que tiene colgada.

Nuevamente, el cura contradijo la expresión del soldado:

-No muchacho, eso son los santos.

No doy una con este hombre, pensó.

A continuación, acabaron pronto con la frugal cena, que apenas contaba con un par de mendrugos de pan mezclados con ajo, acompañados con una ensalada; huevos duros y una tortilla.[4] El sargento García comió con fruición, sobre todo pensando en los chorizos y salchichones que colgaban del techo de la cocina. Pero el cura no quiso compartir sus embutidos, dando por terminado el refrigerio.

El eclesiástico se levantó, dirigiéndose hacia la alcoba en la que habría de dormir el militar.

-Bueno, pues este es tu cuarto.

-Qué buena cama tiene usted, padre Facilideo.

-Nuevamente has metido la pata. Eso no es una cama, son los brazos de ambulancia.

Se acostaron. Al militar le sonaban las tripas después de la ligera comida. No se le iba de la cabeza las buenas chacinas que atesoraba el clérigo, por lo que ideó un plan. Después del primer sueño, se incorporó sigilosamente, dirigiéndose a la cocina. Lo primero que hizo fue apropiarse de una buena cantidad de embutidos, envolviéndolos en un hatillo. Continuó colocando las sillas de manera que obstaculizasen el paso. Para terminar, con mucho cuidado, cogió una cuerda, la ató al rabo del gato, que dormía plácidamente al lado de la candela, una vez anudada, prendió la soga en el fuego, espantó al gato, que salió corriendo como alma que lleva el diablo, gritando:

-PADRE FACILIDEO, PADRE FACILIDEO, LEVÁNTESE DE LOS BRAZOS DE AMBULANCIA, Y TRAIGA SED PARA LA ABUNDANCIA, PUES BERRINCHOTE LLEVA ATADA LA ILUMINANCIA EN EL RABO, Y TENGA MUCHO CUIDADO CON LOS VIRUTÁNGANOS, QUE LOS SANTOS VAN DE MARCHA.

En lenguaje cotidiano:

            -PADRE FACILIDEO, PADRE FACILIDEO, LEVÁNTESE DE LA CAMA Y TRAIGA AGUA, DEBIDO A QUE AL GATO LE ESTÁ ARDIENDO EL RABO, Y CUIDADO CON LAS SILLAS, QUE ESTÁN ESTORBANDO. ¡AH!, Y LA MATANZA SE VIENE CONMIGO.

            Y desapareció. Unos dicen que lo vieron huir por El Toril, otros por El Molinito, algunos, que se largó por la cueva de El Risco de la Atalaya; el caso es que nunca se supo más del hambriento sargento.

Manuel Pintor Utrero



Dedicado a Coronada Juan, y a todas las madres que con gran coraje criaron a sus hijos en un tiempo difícil.


[1] La legua es una antigua medida de longitud que expresa la distancia que una persona, a pie, o en cabalgadura, podía andar durante una hora. En la antigua Roma equivalía a tres millas romanas, es decir, unos 4,435 km (4.435 m).

[2] DALRYMPLE, William. «Travels through Spain and Portugal in 1774». Almond, LONDON 1777. Página 159.

[3] Respuestas Generales del Catastro del Marqués de la Ensenada. (1750-1754).

[4] SEMPLE, Robert. «A second journey in Spain in the spring of 1809». Londres, 1812. Páginas 65-66.




 

6 comentarios:

  1. Precioso cuento Manolo y muy bien contado. Enhorabuena.

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  2. Acabo de leer el cuento a mis padres y les ha encantado al igual que a mí.
    Sin duda eres un gran narrador de los sucesos de nuestro pueblo y enhorabuena también a esta gran mujer Coronada Juan

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  3. Muy buena labor Manolo contribuyendo a que perduren y no se pierdan en el olvido esos relatos con los que crecieron anteriores generaciones. Felicidades

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  4. Me ha encantado, es genial poder recuperar estas historias y poder saber como eran las cosas antes.. Por cierto, fantástica la pintura de Camilo, otro maestro como tu..

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  5. Muy buena historia, Manolito, yo a mi padre le escuchaba algún comentario de coronada, era yo con 12 15 anos. Saludos, a todos

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